José Edelstein (Buenos Aires, 1968) acaba de publicar ‘Trece maneras de mirar el cielo’, pero también saldrá en unos días otro libro de su autoría, ‘La tiranía del azar’, escrito junto a Andrés Gomberoff. «Llevaba 8 años sin publicar y, de forma misteriosa, los dos proyectos se cerraron al mismo tiempo. Ahora tengo este pequeño follón [ríe]. ‘La tiranía del azar’ es un libro divulgativo sobre mecánica cuántica, aprovechando el centenario de la teoría cuántica», propone el físico argentino.
Leyendo ‘Trece maneras de mirar el cielo’, uno experimenta sensaciones similares a las que le suscitó ‘Cosmos’, de Carl Sagan, hace cuarenta años.
Gracias, es quizá la mejor presentación que me han hecho. Sagan fue importante para muchos de nosotros. Su forma poética de hablar del universo dejó una huella enorme.
En el libro relata su intento de traer a Neil Armstrong a Galicia: un intercambio de correos conmovedor, muy distinto de su experiencia con Buzz Aldrin, que comercializó su hazaña.
Fue muy impactante. He tenido la suerte de tratar con figuras legendarias y Armstrong me sorprendió profundamente por su honestidad. Algo parecido me pasó con Roger Penrose cuando vino a Santiago: me confesó que no merecía un Nobel que muchos pensábamos que debía haber recibido por su trabajo sobre los cuasicristales. Esa humildad me marcó. En el caso de Armstrong, que rechazó un premio importante porque no consideraba merecerlo, me impresionó aún más. ¿Quién puede pensar que el primer ser humano que pisó la Luna no merece un premio? Sin embargo, lo dijo con total naturalidad. Y aunque finalmente no vino, la historia fue hermosa. Me permitió también reconciliarme con Aldrin: escribiendo entendí que cualquiera de nosotros, enfrentado al miedo y la fascinación de estar en la Luna, no sabe cómo reaccionaría después.
Convivió con Stephen Hawking durante su visita a Galicia y estuvo invitado por él en Cambridge. ¿Qué le impresionó más de su figura?
Hawking parecía salido de un libro. Como físico fue extraordinario, comparable a Kip Thorne y otros gigantes, pero su lucha personal lo elevaba aún más. Lo traté durante casi veinte años; en los últimos diez, de manera más cercana. Siempre fue una persona vital, entusiasta, con un humor pícaro. Impresionaba verlo enfrentarse a las dificultades cotidianas con tanta dignidad. Cuando estuvo en Santiago tuve que ocuparme de parte de su rutina diaria y comprendí lo que significaba para él cada mínimo movimiento, cada foto que le pedían, cada acto público. Aun así, nunca decía que no. Haberlo conocido es un privilegio que me emociona.
Tuvo una estancia posdoctoral en Harvard. Allí trabaja el astrofísico Avi Loeb, famoso por afirmar que objetos como Oumuamua o el cometa 3I/ATLAS podrían ser ingenios extraterrestres. ¿Cómo se explica?
En ciencia no hay idolatrías. Einstein pasó veinte años trabajando en algo que nadie tomó en serio. A Gerard ’t Hooft, uno de los físicos contemporáneos más influyentes, nadie le hace caso cuando escribe sobre interpretación cuántica. Y está bien que sea así. Loeb es un gran astrofísico, pero creo que ha caído en una huida hacia adelante. Da la impresión de sentirse poco reconocido y se ha dejado arrastrar por la vanidad. Su popularidad mediática ha crecido enormemente porque habla de extraterrestres, que siempre venden. Pero ha perdido algo esencial: la capacidad de evitar el sesgo de confirmación. Está convencido de que encontrará extraterrestres y ve señales por todas partes. Lee una mancha en un jarrón y concluye que la dejó un alienígena. Que un asteroide interestelar sea distinto de los nuestros es normal: viene de otro sistema estelar. De ahí a afirmar que es una nave hay un salto totalmente injustificado. El problema es que nunca se retracta. Y un científico que no reconoce sus errores pierde credibilidad.
Usted se ha referido al antisemitismo como “una patología persistente”. En los últimos meses hemos visto llamamientos al boicot académico a Israel, como el de la Universidad del País Vasco. ¿Le ha afectado esta campaña de cancelación [como persona con raíces judías]? ¿Le preocupa?
Mucho. Por ahora lo veo más en los periódicos que en mi vida cotidiana, pero me parece un error profundo. Las cancelaciones solo exacerban los conflictos y no llevan a ninguna parte. En el caso de Israel, además, hay un hecho evidente: el sector más crítico con el actual gobierno israelí es precisamente el científico y el artístico. Castigar a esos investigadores es incomprensible. Siempre pongo el ejemplo del franquismo: imagine que durante la dictadura ningún académico español hubiera podido visitar otras universidades solo porque Franco estaba en el poder. Y aunque fuera antifranquista. Es cruel e inconducente. Si quieres resolver un conflicto, lo último que debes hacer es romper los puentes. Separar más a las partes solo conduce al enfrentamiento y al sufrimiento.
En el libro afirma que Paul Dirac es el físico teórico inglés más importante del siglo XX, por encima incluso de Hawking.
Para mí, Dirac solo está por debajo de Einstein. Fue decisivo en la mecánica cuántica y ya era una leyenda con 25 años. Algo que solo ocurrió con Newton y Einstein.
Vivimos una época de grandes proyectos tecnológicos, el LHC, el telescopio espacial James Webb… ¿Sigue teniendo su lugar hoy la física «de lápiz y papel», como la de Dirac?
Sigue habiendo espacio para la mente analítica. Lo que cambia es la escala: cuando uno trabaja con ordenadores hay una parte que se vuelve caja negra. Un cálculo hecho a mano te da una comprensión más visceral. ¿Desaparecerá el físico de lápiz y papel? Quizá no del todo, pero sí es cada vez más raro. La tendencia es hacia equipos complejos y herramientas poderosas. Einstein, Dirac o Hawking, trabajando casi exclusivamente en su cabeza, son figuras irrepetibles.
¿Podría una inteligencia artificial avanzada resolver la compatibilidad entre relatividad general y mecánica cuántica?
No lo descarto. En ciencia siempre es arriesgado hacer predicciones, pero creo que no existirá jamás una «teoría del todo»: la ciencia es un proceso sin final. Pero sí tenemos teorías de gravedad cuántica, como la teoría de cuerdas. Lo inquietante –y fascinante– es que quizá pronto tengamos un resultado obtenido por una IA cuyo funcionamiento comprendamos solo parcialmente. Sabremos que funciona, pero no exactamente por qué. Eso obligará a redefinir lo que entendemos por «comprender». No sé si me gusta, pero es posible que ocurra.
Como físico, ¿qué descubrimiento le gustaría ver antes? ¿La explicación de la asimetría entre materia y antimateria? ¿La detección de inteligencia extraterrestre…?
Son preguntas de futurología, muy difíciles. Como ser humano, me emociona más cualquier avance en la cura de enfermedades. Pero como físico, me encantaría que pudiésemos detectar los llamados modos B del fondo cósmico, que nos darían pistas sobre el universo cuando tenía una trillonésima de trillonésima de segundo. Hubo un anuncio equivocado hace diez años. Fue frustrante, pero demostró que estamos cerca. Tenemos motivos para pensar que la relatividad general, por mucho amor que le tengo a su creador, debería fallar en algún punto. Llevo años estudiando posibles modificaciones y ahora uso redes neuronales para buscarlas en los datos. Puede que encontremos una observación indirecta de la teoría de cuerdas. Sería muy espectacular. Con la enorme cantidad de observaciones actuales, especialmente de agujeros negros tragándose estrellas, por primera vez podemos hacer estadística en astrofísica.
Kip Thorne estuvo este año en Galicia. Usted dijo en su ‘laudatio’ en la USC que ha creado una nueva manera de mirar el cielo. ¿Qué hemos aprendido gracias a las ondas gravitacionales?
Muchísimo. Desde 2015 se han detectado unos 300 eventos de fusiones de agujeros negros o estrellas de neutrones. Eso nos permite algo que antes era impensable: estudiar la «demografía» de los agujeros negros, que van desde cinco masas solares hasta miles de millones. Saber cómo se distribuyen es clave para entender su origen y la física que hay detrás. Las ondas gravitacionales abren una ventana que la luz no permite: traen una cantidad enorme de información del sistema que las produce. La precisión es el gran desafío, y por eso LIGO se actualiza continuamente. Pero soy optimista. Siempre digo que es como cuando Galileo levantó el primer telescopio: si alguien le hubiera preguntado si serviría para algo, cuatro siglos de descubrimientos habrían respondido por él.
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