Que el mercado de la vivienda parece haberse vuelto loco en Canarias en los últimos años ya no puede sorprender a nadie. El precio de las casas está por las nubes, en un cielo inmobiliario al que muy pocos residentes en el Archipiélago pueden acceder. Lo que se tiene que pagar para convertirse en propietario de tu propio hogar se ha ido bastante más allá de la capacidad adquisitiva media de los trabajadores de las Islas. Para comprobarlo basta con hacer un simple análisis: cuánto se ha incrementado el importe medio de las hipotecas, en comparación con los salarios de la región. Y la situación de los canarios no sale muy bien parada. La cantidad concedida por los bancos a los compradores de vivienda en las Islas ha crecido tres veces más que los sueldos en apenas una década.
De acuerdo con los datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE), el importe medio de las hipotecas solicitadas en el Archipiélago se ha incrementado un 68% entre 2015 y 2025. Un porcentaje que se traduce en casi 60.000 euros extra. El motivo no es otro que el incesante incremento del precio de las propiedades, que obliga a los interesados a requerir cada vez créditos más altos para comprar casas, que en otro momento hubieran sido bastante más baratas. Mientras en agosto de 2015 el importe medio de las hipotecas que se suscribieron en la región fue de apenas 87.327 euros –una cifra que en la actualidad parece casi de otro planeta–, en agosto de este mismo año el dinero solicitado por los compradores ascendía ya a los 147.245 euros.
Canarias está además entre las comunidades autónomas donde más se ha disparado la cantidad que se pide para hacerse con una vivienda. Solo Madrid, Andalucía, Comunidad Valenciana y Baleares han soportado aumentos mayores, siendo la capital del país el lugar en el que más ha crecido, prácticamente duplicándose.
Pero los canarios tienen además otro handicap, deben hacer frente a unas compras de vivienda desorbitadas con unos salarios que no se han abultado, ni de lejos, tanto como el coste de los inmuebles. Hace diez años, el sueldo medio ordinario en Canarias se situaba en 1.394 euros. En el segundo trimestre de este año –el último dato publicado por la Encuesta de Costes Laborales– ese dato había ascendido hasta los 1.696 euros. ¿Mucho o poco? Se trata de un aumento de un 21,6% en una década. Un ascenso que puede parecer importante, pero que se queda deslucido si se compara con lo que se ha incrementado, no solo el precio de la vivienda, sino en general el coste de la vida. En ese mismo periodo, los gastos que debe afrontar cualquier persona –como la casa, la electricidad, el agua, la cesta de la compra o la ropa– también han ascendido, incluso por encima de la subida salarial. El Índice de Precios de Consumo (IPC) ha escalado desde agosto de 2015 un 25,3% en el Archipiélago. Lo que provoca que, a pesar de que los isleños han visto cómo les entra más dinero en sus cuentas corrientes a final de mes, esta subida se acabe quedando en nada, ya que incluso han perdido 3,7 puntos de poder adquisitivo. O lo que es lo mismo, los canarios cobran más pero pueden comprar menos cosas porque todo está más caro.
Una situación que al trasladarla al mercado inmobiliario se vuelve totalmente insostenible. Si bien los trabajadores isleños han visto cómo sus ingresos crecían un 21,6% desde 2015, la cuantía que necesitan pedir para hipotecar su futura casa lo ha hecho un 68%. Con lo que para muchos pensar en convertirse en propietario está fuera de toda escena. En Canarias se conjuga además otra situación: los precios de las propiedades están entre los más altos del país y es una de las comunidades que ha experimentado un crecimiento más vertiginoso. Pero, por otro lado, los isleños tienen los segundo peores sueldos de toda España y son unos de los que menos se han revalorizado en los últimos años.
Una circunstancia que, de nuevo, deja a muchísimos canarios totalmente fuera del mercado inmobiliario. Y totalmente fuera significa precisamente eso, sin ninguna alternativa habitacional. Si hace años quienes no podían permitirse comprar una vivienda tenían la alternativa de vivir de alquiler, ahora ni siquiera eso. Los arrendamientos también han experimentado un crecimiento vertiginoso que los hacen prohibitivos para muchas familias. Las alternativas son, por tanto, escasas. De esta manera, proliferan el alquiler de habitaciones, las dificultades de los jóvenes para emanciparse y volar del nido y la habilitación de nuevas viviendas en segundas plantas y garajes de las casas familiares.
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