Punto arriba o abajo, todos los sondeos que se manejan en el Palau y en Moncloa ofrecen el mismo resultado. Las empresas de demoscopia se juegan gran parte de su prestigio en cada pronóstico y, tanto las tradicionales como las emergentes, afinan al máximo sus estimaciones. Todas coinciden en que el equilibrio entre bloques permanece inalterable desde hace meses, algo que conocen bien Carlos Mazón y Diana Morant. Por ello resulta un sinsentido perseverar en una deriva populista que amenaza con socavar la institución de autogobierno, cuya construcción tanto ha costado.
Cuando la líder del PSPV no solo no desautoriza a su secretario de organización, sino que además hace propias insinuaciones tan graves como la de que la procesión del Nou d’Octubre pierde el carácter cívico por la presencia del president de la Generalitat, deja al descubierto todo lo que hasta ahora ha representado su partido, uno de los pilares de la recuperación institucional. Al mismo tiempo, olvida los 20 años —que se dice pronto— en que los socialistas dirigieron el Consell. Si sigue cumpliendo al pie de la letra las órdenes de Sánchez, sin el menor matiz, la federación valenciana corre el riesgo de caer en la irrelevancia, si no lo ha hecho ya, poniendo además en peligro esas alcaldías que todavía constituyen su principal activo.
El problema de Mazón con las encuestas es de otra naturaleza. Por mucho que insista en la reconstrucción, la mayoría de la opinión pública lo sigue situando en aquella fatídica tarde del 29 de octubre, aún sin aclarar dónde estaba en las horas decisivas. Esa enigmática sobremesa, unida a su entrega sin reservas a los postulados de Vox, se ha convertido en la verdadera pesadilla de un PPCV que ha abandonado por completo el espacio central. Mientras Mazón se enreda en la telaraña ultra, el Ayuntamiento de Catalá impulsa unas jornadas sobre la ciudad con un enfoque tan transversal como inédito, y Mompó inaugura una muestra identitaria sobre Jaume I, espada incluida.
La indefinición del PP en el escenario valenciano solo alimenta el crecimiento de Vox. Al mismo tiempo, el activismo del PSPV reactiva al electorado adormecido de Compromís. En ambos casos, ninguno consigue sumar, porque, llegado el momento de elegir, siempre se prefiere el original a la copia.
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