La educación afectivosexual que se da en la escuela no basta. Y esta educación no debería basarse solo en la parte puramente ‘mecánica’ o biológica y no poner el foco únicamente en la prevención de enfermedades y los embarazos no deseados: la parte ‘afectiva’ es clave en un momento en el que la pornografía es la fuente principal de información sobre sexualidad para los jóvenes: «La educación sexual no puede limitarse a explicar métodos anticonceptivos; debe integrar el consentimiento, la igualdad y la diversidad».
Así figura en el libro “Familias y educación afectivo-sexual. Claves para la formación en prevención”, coordinado por investigadores del grupo GIFES de la Universitat (UIB), que fue presentado ayer en Palma en una sesión que comenzó con una charla de la psicóloga y sexóloga Paola Obrador, que relató y confirmó, a raíz de su experiencia profesional, varios de los aspectos descritos en el volumen.
La obra fue presentada ayer complia varios estudios y análisis. La primera parte del libro se centra en desgranar las consecuencias de la alta accesibilidad a la pornografía entre adolescentes y jóvenes, con especial atención a las diferencias de género. Después, varios artículos subrayan el papel crucial de la familia en la orientación y acompañamiento durante esta etapa vital y se describen proyectos formativos que han demostrado ser exitosos.
Según Joan Amer, coordinador del volumen junto a Carmen Orte y Belén Pascual, el libro se enfoca principalmente a educadores Y profesionales que trabajan con familias, pero los padres, aunque no sea estrictamente una guía para ellos, también pueden sacar provecho de algunas de las indicaciones que aparecen como fomentar la comunicación como base imprescindible: «Si hay buena comunicación en general, también la habrá para este tema». Como señala el libro: «El silencio familiar ante la sexualidad abre la puerta a que Internet y la pornografía ocupen ese vacío».
Los datos que recoge el volumen, extraídos de varias investigaciones, son contundentes. Más del 85% de los adolescentes de entre 13 y 19 años ha estado expuesto a la pornografía (hay una gran diferencia entre chicos y chicas: el 86% de varones consume porno frente al 50% de chicas) y el 68% de los jóvenes reconoce utilizarla como su única fuente de información sexual. Es especialmente preocupante que más de un tercio de los vídeos incluyen escenas de violencia sexual física. Algunos jóvenes admiten haber visto pornografía infantil o sexo con animales. El consumo reiterado no solo normaliza la cosificación de las mujeres o actitudes coercitivas, muestran los estudios, sino que provoca «insensibilización emocional», señala Amer. Los estudios citados muestran también vínculos con una iniciación sexual más precoz, menor uso del preservativo y conductas de riesgo, así como con problemas de autoestima, ansiedad o depresión.
Datos de Baleares
Según el estudio realizado por Lluís Ballester, Sandra Sedano y Manon Diquero en 2024, casi el 69% de los adolescentes de 13 a 18 años de las islas afirma haber recibido algún tipo de educación sexual, pero en la mayoría de los casos esa formación no supera entre una y cuatro horas a lo largo de todo su recorrido escolar. Se trata de una intensidad mínima, centrada casi siempre en aspectos biológicos y preventivos, que deja fuera cuestiones como el consentimiento, el placer, la diversidad sexual o el análisis crítico de la pornografía. El resultado es que dos de cada tres adolescentes de las islas no están satisfechos con la información recibida y consideran que no responde a sus dudas reales ni a los contextos en los que se mueven, como las redes sociales, el consumo digital o las relaciones afectivas.
La familia como factor protector
Frente a este vacío, el libro aporta evidencias de que la familia es un factor protector clave. El Programa de Competencia Familiar (PCF-AFECT), desarrollado en Baleares, ha demostrado que la comunicación en el hogar sobre sexualidad mejora de manera significativa y, entre otros beneficios, los jóvenes reciben más información sobre anticoncepción y prevención de infecciones de transmisión sexual. El libro describe la experiencia de otros programas formativos de beneficios probados. Joan Amer destaca el caso de la formación entre iguales: que los propios chavales se ayuden entre ellos a hablar de cuestiones relacionadas con sexualidad y afecto ha probado ser muy eficaz.
Recomendaciones
Los investigadores recomiendan reforzar la educación afectivosexual integral en los centros educativos, ampliando tiempo y contenidos más allá de la biología y la prevención de riesgos. Proponen mucho trabajo con las familias: formarlas en competencias comunicativas, para que puedan hablar con naturalidad de sexualidad, consentimiento, diversidad y relaciones igualitarias; fomentar estilos parentales basados en el afecto y la exigencia… Asimismo, se subraya la necesidad de incorporar siempre la perspectiva de género. En el caso de Baleares, se apunta a la necesidad de impulsar políticas públicas específicas que garanticen una cobertura homogénea en todos los centros escolares y que este tipo de formación no depende la buena voluntad e iniciativa de algunos docentes.
La conclusión que atraviesa todo el libro es clara: la pornografía se ha convertido en un educador silencioso ante la falta de referentes formales y familiares y para revertir esta tendencia es necesario reforzar la educación en las aulas, empoderar a las familias y recordar que la educación afectivosexual queda coja e insuficiente sino se tiene en cuenta y se trabaja todo lo que va más allá de lo puramente fisiológico.
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