Una opaca cortina dificulta la observación del nuevo capítulo de tensiones entre Venezuela y Estados Unidos. El Gobierno de Nicolás Maduro ha redoblado este fin de semana el llamado a la ciudadanía a sumarse a las filas de la Milicia Bolivariana. «Nosotros debemos garantizar esa paz, esa soberanía y esa independencia que dejaron nuestros libertadores», dijo el hombre cuya cabeza tiene para Washington el precio de 50 millones de dólares por ser considerado un «fugitivo» de la justicia norteamericana en su calidad de jefe de un presunto grupo de narcotraficantes llamado Cártel de los Soles. La decisión presidencial de movilizar a 4,5 millones de personas en condiciones de combatir se complementó con la primera divulgación de imágenes oficiales del Grupo Anfibio de Despliegue Inmediato Iwo Jima saliendo del puerto de Norfolk, Virginia, con destino al Caribe Sur, cerca del mar territorial venezolano. Los tres navíos, el buque de asalto anfibio USS Iwo Jima, el de transporte anfibio USS San Antonio y el buque de desembarco USS Fort Lauderdale, transportan unos 4500 efectivos, además de una Unidad Expedicionaria de Marines de 2200 integrantes.
El trasfondo de este despliegue es una orden ejecutiva firmada por Donald Trump que autoriza al Departamento de Defensa a utilizar recursos militares para desarticular a las organizaciones que trafican droga y han sido catalogadas de «terroristas». Una de ellas es el «Tren de Aragua»¸ un grupo nacido en una presión venezolana, expandida más allá de las fronteras y que, según el ministro de Interior y Justicia, Diosdado Cabello, ha sido desarticulada.
Los últimos días han sido objeto de interpretaciones cruzadas. El Palacio de Miraflores habla al mismo tiempo de una «guerra psicológica» y un peligro inocultable. En las calles de Caracas se percibe el temor a que se consumen las profecías más aciagas y, también, escepticismo, bajo la convicción de que esta película se viene repitiendo desde la primera administración Trump, cuando salió a respaldar la autoproclamación del diputado Juan Guaidó como «presidente encargado» en enero de 2019.
Antecedentes inquietantes
«La administración Trump está avivando agresivamente las tensiones con Venezuela y su presidente, Nicolás Maduro, y parece estar creando las condiciones que podrían conducir a un enfrentamiento militar», advirtió días atrás ´The New York Times`. Las intenciones «operativas» de Washington «mantienen en secreto de forma inusual» y aún «no está claro qué criterios o reglas de combate está considerando la administración para cualquier operación que implique el uso de la fuerza armada». Pero los recientes acontecimientos, añade la publicación, «invitan a compararlos con las provocativas condiciones que precedieron a dos importantes episodios militares estadounidenses en la segunda mitad del siglo XX». El primero fue el «incidente» del Golfo de Tonkin, la actividad naval estadounidense frente a las costas de Vietnam del Norte que desencadenó la decisión del presidente Lyndon B. Johnson de iniciar una guerra directa, en 1964. El segundo hecho al que hace referencia ´The New York Times` tuvo lugar en diciembre de 1989, cuando George H. W. Bush envió más de 20.000 soldados estadounidenses para invadir Panamá y arrestar a Manuel Noriega, quien había sido acusado en Estados Unidos por tráfico de drogas.
La Guardia Costera norteamericana informó la última semana la incautación de 34,5 toneladas de drogas ilícitas, valoradas en 473 millones de dólares, en el marco de 19 operativos en aguas del Caribe y el Pacífico. «Hito histórico», se dijo. Para Caracas el anuncio rimbombante fue parte de una provocación sostenida. «¡El cártel está en el Norte! No en Venezuela», se convirtió en una suerte de consigna oficial. El Gobierno sostiene que Washington no tiene ni una prueba para relacionar a sus autoridades con los negocios ilícitos que, subrayan, fluyen por otros canales: México, Centroamérica y el propio territorio estadounidense.
Acciones defensivas
El ministro de la Defensa, Vladímir Padrino López, dijo que las Fuerzas Armadas comenzarán a patrullar con drones y buques de guerra las costas del país. «Va a haber un despliegue importante de un corredor de medios aéreos, helicópteros; de medios de escucha, vigilancia e inteligencia». A su vez se lleva a cabo una movilización de 15.000 efectivos en la frontera con Colombia, coordinada con el Gobierno de ese país. Maduro no se cansa de hablar de la «fusión perfecta» entre «pueblo, Fuerza Armada y policía». Ese entrelazamiento tiene un costado represivo indisimulable.
El acuerdo con Estados Unidos que permitió aceitar las deportaciones de inmigrantes venezolanos tuvo su contraprestación en la permanencia de Chevron en territorio venezolano. Ese sigiloso entendimiento habilitó la creencia de que las relaciones bilaterales transitarían por la senda del pragmatismo más allá de ciertas declaraciones altisonantes.
La política hacia Venezuela ha tomado, sin embargo, otra dirección más agresiva de la cual no es ajeno el secretario de Estado, Marco Rubio, un cubanoamericano que ha establecido estrechos contactos con la líder opositora de derechas, María Corina Machado. La dirigente de Vente Venezuela es una de las principales propagadoras del relato sobre Maduro de la Fiscal General Pamela Bondi. Ese entusiasmo no le ha granjeado mayores simpatías en el frente interno. Las deportaciones y prejuicios, las prohibiciones para viajar y las restricciones para la obtención de una visa en Estados Unidos han provocado un malestar entre los venezolanos de a pie que el Palacio de Miraflores intenta capitalizar.
Posturas de la oposición
El excandidato presidencial en dos oportunidades, Henrique Capriles, referente de oposición que busca distanciarse de las posiciones de Machado, aseguró que «hay gente que habla con ligereza de la guerra, de las intervenciones militares, sin medir las consecuencias». Y cargó especialmente contra los que «ven las cosas desde fuera de nuestras fronteras». Capriles llamó a respetar las normas internacionales. «Soy un creyente de los procesos. La política es el arte de la negociación. Creo en las negociaciones y en que todos los esfuerzos siempre deben evitar la guerra». El antimadurismo con representación parlamentaria se sumó a la vez a un pronunciamiento de la Asamblea Nacional que condenó las acciones de la administración Bush.
En este contexto, Rubio ha comenzado a articular acciones conjuntas con Gobiernos aliados como los de Argentina, Paraguay, Ecuador, Guyana y Trinidad Tobago, estos dos últimos vecinos de Venezuela. «Estamos construyendo una coalición internacional contra este flagelo (del narcotráfico)».
Maduro, en tanto, ha reforzado sus contactos no solo con Colombia sino con México y Brasil. Esos tres países son los que con mayor énfasis han rechazado cualquier intento de intervención militar. Son, a la vez, los que no reconocieron oficialmente la victoria electoral del actual jefe de Estado en los comicios de julio de 2024. «Denunciamos ante el mundo que la introducción de un componente nuclear en nuestra región atenta contra la estabilidad hemisférica y erosiona la confianza en el régimen internacional de no proliferación y pone en riesgo la paz regional e internacional», dijo el embajador permanente de Venezuela ante la ONU, Samuel Moncada. Caracas también busca al apoyo de su secretario general, António Guterres. Padrino López se reunió el pasado martes con el embajador de China en Caracas, Lan Hu, para «revisar los avances y las perspectivas de la cooperación». La diplomacia también juega su papel en un campo minado y en medio de gestos que no pasan inadvertidos.
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