Hace tres años que Pilar. que ronda la cincuentena y tiene dos hijos, de 13 y 16 años, superó un cáncer de mama. Sin embargo, acaba de tener una recaída. Un marcador apareció alterado después de unos análisis de sangre. Por suerte, a diferencia de la vez anterior, que se sometió a una quimioterapia, ahora está con un nuevo tratamiento que no le causa síntomas visibles. Laura puede hacer vida con normalidad: va a trabajar y hace deporte. Aunque se lo ha dicho a su pareja y a sus padres, Laura no quiere contárselo a sus hijos. No quiere que vuelvan a sufrir, pues el pequeño aún arrastra la angustia de la primera vez.
El dilema al que se enfrenta Laura es más habitual de lo que se piensa. ¿Es necesario informar a los menores de una enfermedad en un momento en que no hay síntomas visibles y está controlada? ¿O es mejor esperar y ver qué pasa? Se trata de una decisión muy personal. No obstante, los psicólogos recomiendan ser transparentes y dar a los menores toda la información existente.
«Pese a que a corto plazo la verdad pueda ser un impacto, a largo plazo generalmente es más beneficioso»
«Nuestra recomendación es que los hijos tengan la información, pero sin criminalizar a quienes opten por no contarlo. Si una madre no quiere decírselo a los menores es porque evidentemente está preocupada y no quiere que los hijos lo vuelvan a pasar mal», explica a EL PERIÓDICO Sara López, psico-oncóloga de la Associació Contra el Càncer (AECC) de Barcelona. López recuerda que la AECC tiene un teléfono gratuito, el 900 100 036, disponible las 24 horas tanto para pacientes como para familiares, ya sean adultos o menores de edad.
A largo plazo, «más beneficioso»
¿Por qué la AECC recomienda comunicar a los hijos la enfermedad? «Porque, pese a que a corto plazo pueda ser un impacto, a largo plazo generalmente es más beneficioso. Como te digo, no debemos criminalizar a quien no lo haga. Pero la recomendación genérica es hacerlo», dice López. «Además, los niños son muy imaginativos. Engañarles nunca es la mejor solución. Respetando, insisto, el tiempo que necesiten los padres para darles la información a sus hijos», añade esta psico-oncóloga.
La AECC sugiere, además, que la información se dé de manera «conjunta» en caso de que haya «varios niños». Es decir, dar la información en familia, incluyendo al otro progenitor o progenitora (en caso de que lo haya). «Es importante que esté todo el núcleo familiar para que los menores se sientan seguros y tranquilos y puedan expresar sus dudas. Y, si es necesario, después tener una conversación individual con cada uno de ellos», apunta López.
«Ocultar la verdad a los niños aumenta la incertidumbre y mina su confianza en los adultos»
Según Anna Salo, psico-oncóloga del Hospital Vall d’Hebron de Barcelona, «muchas familias tienen miedo tanto a la reacción del niño como a la enfermedad del adulto», ya que temen que la verdad haga más daño aún al menor. «Pero la realidad es que los niños notan que alguna cosa pasa y cuando no tienen información clara, a menudo llenan los vacíos con ideas que pueden ser aún más angustiantes. Esto aumenta la incertidumbre y mina su confianza en los adultos», dice Salo.
En todas las edades
Salo es partidaria de «comunicar la enfermedad» en todas las edades, intentando evitar la confusión o el miedo. «A los niños hay que explicarles que no es responsabilidad suya. También aclararles que no es algo contagioso y que el tratamiento puede hacer que su madre o su padre se encuentren mal, pero que el equipo médico trabaja para que se recupere y tenga los menores efectos secundarios posibles», agrega Salo.
Esta psico-oncóloga aconseja no solo decir toda la verdad, sino también hacerlo «tan pronto» se confirme el diagnóstico. El niño, dice Salo, debe saber qué le pasa a su madre o padre en el hospital, por qué le hacen tantas pruebas. «Y es importante también pensar dónde comunicar todo esto. Hay que explicarlo en un lugar tranquilo, con tiempo y, si es posible, con el apoyo del equipo de salud, como el psicólogo».
En los casos en que hay recaídas, como le ha pasado a Laura, Salo también apuesta por decírselo a los niños. «Siempre recomendamos decir la verdad y tener en cuenta la edad del niño y su desarrollo para adaptarnos a las necesidades particulares», explica. Insiste en que ocultar la realidad tiene riesgos, pues genera «confusión, desconfianza hacia el adulto y un cierto aislamiento del niño».
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