Guillermo Del Toro suele decir que, de niño, sus mejores amigos eran los monstruos que habitaban las ficciones en las que buscaba refugio de una realidad opresiva, porque los veía no como amenazas sino como seres incomprendidos e injustamente perseguidos por humanos que los culpan de sus propias imperfecciones. Y, entre todos ellos, sin duda el que más ha influenciado su obra como cineasta no es sino la criatura protagonista de la novela que Mary Shelley publicó en 1818. De hecho puede decirse que, en mayor o menor medida, todas sus películas son variaciones de la adaptación que ha pasado 30 años intentando hacer realidad. Finalmente, el ‘Frankenstein’ de Guillermo Del Toro existe, y es una película apabullante tanto por su tamaño y su suntuosidad visual como por la intensidad del dolor, la melancolía y el patetismo que transmite.
No es, en cualquier caso -y a pesar de lo que la devoción arriba citada podría invitar a sospechar-, una obra paralizada por la reverencia a su modelo; de hecho, se toma más libertadas narrativas respecto a las páginas de Shelley que tanto la película dirigida por James Whale en 1931 como la protagonizada por Robert De Niro en 1994 y, incluso, como la parodia de Mel Brooks ‘El jovencito Frankenstein’ (1974). Después de todo, e igual que el libro original, todas ellas hablaban de los peligros potenciales del uso descontrolado de la tecnología y de las nefastas consecuencias que jugar a ser Dios acarrea. A lo largo de sus 149 minutos, la versión de Del Toro se centra más bien en el daño psicológico que los padres pueden causar en sus hijos.
Humanidad y fragilidad
El mexicano en todo momento mantiene conectadas las acciones de Victor Frankenstein (Oscar Isaac) y sus deficiencias emocionales con la muerte prematura de su amante madre, que lo traumatiza, y la sombra de un padre extraordinariamente dominante y severo que estimula su mente pero le atrofia el corazón; es por eso que, llegado el momento, el brillante doctor trata a la criatura que ha creado con pedazos de cadáveres y electricidad como a un hijo no deseado. Y el monstruo es un ser inocente e inicialmente fascinado por el mundo que lo rodea a quien, eso sí, los abusos y el rechazo recibidos convierten en una figura oscura y vengativa.
En su piel, el australiano Jacob Elordi transmite con devastadora sutileza toda la humanidad y la fragilidad que oculta tras su formidable fachada, y encarna a la perfección cuanto la película tiene de tragedia poética sobre la soledad, el anhelo de ser aceptado, la herida incurable causada por la falta de amor y lo que nos convierte en seres humanos. “Vivimos en tiempos de terror e intimidación, y en un presente que nos empuja a una comprensión bipolar de la humanidad, pero lo que distingue a las personas es su condición multicromática”, ha explicado Del Toro este sábado ante la prensa. “La película reivindica nuestro derecho a ser imperfectos y a entender las imperfecciones del otro. Yo no tengo miedo de la inteligencia artificial, tengo miedo de la estupidez natural, que es mucho más abundante”.
‘Frankenstein’ es el segundo largometraje del mexicano que compite por el León de Oro. Gracias al primero, ‘La forma del agua’ (2017), consiguió llevarse el premio, y posteriormente también ganó los Oscar a la Mejor Película y a la Mejor Dirección. Si ahora ha obtenido de Netflix los recursos económicos necesarios para hacer realidad su sueño -sí, es el tipo de película monumental que exige ser vista en una pantalla lo más grande posible pero cuyos espectadores, en su mayoría, acabarán viéndola en la tele o un ordenador-, es en buena medida gracias a ese triunfo previo, y porque los responsables de la compañía confían en el director y su querido monstruo para que les proporcionen un buen puñado de estatuillas. No es descartable que acaban lográndolo.
Colección de escenas
El documentalista italiano Gianfranco Rosi es la prueba fehaciente de lo caprichosos que pueden llegar a ser los repartos de premios. Su prestigio es menos el fruto del merecimiento propio que de los deméritos ajenos, ya sean del jurado que le otorgó el León de Oro en este mismo festival por ‘Sacro GRA’ (2013) o de los cineastas a los que ganó el Oso de Oro de la Berlinale gracias a ‘Fuego en el mar’ (2016). Tras la presentación de ‘Sotto le nuvole’, la no ficción por la que vuelve a aspirar al máximo galardón que otorga la Mostra, tanto reconocimiento sigue sin justificarse.
Rodada a lo largo de los últimos cuatro años en los Campos Flégreos, una gran área al oeste de la ciudad de Nápoles ubicada sobre una caldera volcánica y en la que, por tanto, se registran terremotos con gran frecuencia, la película va observando alternadamente a un puñado de personajes -la conservadora de un museo, un grupo de bomberos que atienden emergencias, un anciano que da clases particulares, un marinero de origen sirio, unos arqueólogos japoneses que trabajan en las ruinas de Pompeya– sin mostrar especial interés en ellos ni usarlos con más intención o sentido dramático identificables que la mera acumulación de escenas. Es una película de 115 minutos pero que tendría la misma miga si durara 15, o 426.
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