El Ayuntamiento de Cangas del Narcea, que preside un alcalde avispado y de derechas, va a levantar un monumento a los ganaderos asturianos. Se antoja una propuesta romántica que si de Bruselas dependiera, el mármol a emplear sería para una lápida. Para los burócratas europeos, el mejor homenaje consistiría en una vaca flaca hinchable, con inauguración en horario de oficina y previo visado en ventanilla. Esos personajes de corbata reciclable consideran que el campo no es un paisaje ni un modo de vida sino una hoja de cálculo donde apuntar subvenciones. Desde la lejanía europea, se toman decisiones tan trascendentales como el grosor reglamentario de una montaña de cucho o la talla homologada de esquilas y cencerros.
El paisanaje es una especie en peligro de extinción, como los osos o los urogallos, pero sin ONG que los apadrine. Y lo merecen: llevan décadas madrugando, ordeñando y apagando incendios con más eficacia que cualquier directiva comunitaria. El término resiliencia, que algunos llevan pegado a la boca como si fuera una caries, los paisanos lo practican desde el Neolítico. Si les da por quemar todos los papeles que hay que firmar para recibir una ayuda, ardería Troya.
Un monumento en Cangas del Narcea no pagará madrugones ni gasoil, pero servirá al menos para recordar que sin ganaderos no hay leche ni queso, ni entrecot ni cachopo, ni barbacoa ni compango. ¿Cómo no van a merecer una estatua quienes conocen por nombre a cada xata y por mote a cada vecino, algo que en la ciudad solo ocurre en algún chigre de barrio periférico?
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