Hay dos maneras de contar lo que fue el Fyre Festival de 2017. Como la demencial huida hacia adelante de un promotor medio lelo o como una estafa en toda regla urdida por un ‘entrepeneur’ sin escrúpulos. En los dos casos la historia acaba mal.
Todo comenzó en 2016, en la Web Summit de Lisboa, donde el rapero Ja Rule y un joven emprendedor con turbios antecedentes llamado Billy McFarland presentaron una aplicación que permitía reclutar a ‘celebrities’ para fiestas privadas. Se llamaba Fyre y lo anunciaron como «el Uber de la contratación de famosos». Alguien -probablemente un director creativo- lanzó la propuesta de montar un gran evento para promocionar la ‘app’ y atraer a inversores, y McFarland, entusiasmado con la idea, entró en una espiral de delirio megalómano que lo habría de conducir a la cárcel.
Para empezar, decidió que el evento en cuestión tenía que ser «el festival más alucinante de la historia». Dos fines de semana en una isla privada de las Bahamas con actuaciones musicales de primera línea (Major Lazer, Disclosure, Migos, Blink-182, Tyga…), alojamiento lujoso, cátering del premiado restaurador Stephen Starr, actividades exclusivas, bellezas en bikini y famosos a tutiplén. El lugar elegido fue la pequeña isla de Cayo Norman, que durante años había servido como base de operaciones del capo del narcotráfico colombiano Carlos Lehder.
«La isla de Pablo Escobar»
La pieza maestra de la operación Fyre Festival fue, sin duda, la campaña promocional. En los vídeos, modelos célebres como Bella Hadid, Hailey Baldwin y Alessandra Ambrossio retozaban en una playa desierta de aguas turquesas mientras una voz prometía «una experiencia transformadora en los límites de lo imposible». Otras modelos e ‘influencers’ de postín (Kendall Jenner, Emily Ratajkowski, Elsa Hosk) se dedicaron a ‘postear’ sobre el evento en sus cuentas sin mencionar, por supuesto, que habían cobrado por ello. Y Billy McFarland puso la guinda al montaje al anunciar que el escenario donde toda esa fantasía se iba a hacer realidad era «la isla de Pablo Escobar». En según qué ambientes, la cocaína siempre ha sido un poderoso reclamo.
Un montón de pijos y aspirantes picaron el anzuelo y en apenas 48 horas se vendieron el 95% de los abonos, con precios que oscilaban entre los 500 dólares (la entrada más barata para un solo día) y los 12.000 dolares (el paquete VIP, con vuelos en jet privado y alojamiento en villas de lujo). Pero, ay, la mención a Pablo Escobar en la publicidad molestó a los propietarios de Cayo Norman, que cancelaron el acuerdo con McFarland. Con muy poco tiempo de margen, el promotor consiguió permiso para instalar su tinglado en una zona medio en obras de la isla de Gran Exuma, justo al norte de un gran ‘resort’ de vacaciones lleno de turistas y al lado de un puerto deportivo donde los lugareños amarraban sus barcos.
Recortando gastos
A partir de ahí, todo fue una pesadilla. Los organizadores no tardaron en descubrir que convertir aquel pedazo de tierra en algo remotamente parecido a lo que habían vendido en la promoción les iba costar una fortuna de la que no podían disponer; en lugar de tomar la opción sensata de cancelarlo todo (o, al menos, aplazarlo), se hicieron los locos y empezaron a recortar gastos de manera grotesca, desautorizando a todo aquel que se atreviera a sugerir que se encaminaban al desastre. «Deberíamos pensar menos en traer modelos y más en traer váteres», advirtió un miembro del equipo. Fue despedido.
Al ver el nivel de demencia (y de endeudamiento) en el que había caído el proyecto, numerosos proveedores optaron por retirarse. También lo hicieron muchos de los artistas que debían actuar y buena parte de los ‘influencers’ que habían anunciado su presencia. Aun así, McFarland y Ja Rule siguieron adelante, mintiendo a los inversores y ocultando información a los clientes (llegaron a afirmar que habían contratado a Drake). La farsa se mantuvo hasta que en la mañana del 28 de abril llegaron a Gran Exuma los primeros asistentes; todos con sus FyreBands, unas pulseras vinculadas a sus tarjetas de crédito en las que habían sido alentados a cargar miles de dólares para sus gastos en el festival y que resultaban inútiles por las deficiencias de la red wifi en el lugar.
No fue el único ni el mayor de los chascos que se llevaron. Los prometidos alojamientos de lujo habían sido sustituidos por tiendas de campaña recicladas de los campamentos de socorro a las víctimas del huracán ‘Matthew’ (y, además, estaban empapadas por la fuerte lluvia que había caído el día anterior). El cátering de «cocina isleña excepcionalmente auténtica» consistía en un triste sándwich de queso servido en un recipiente de poliestireno (¡y había que pagarlo aparte!). Las estrellas anunciadas brillaron por su ausencia en un escenario al que solo se subió un grupo de músicos locales que interpretaban versiones. Y los cientos de trabajadores bahameños contratados, al ver que se iban a quedar sin cobrar, empezaron a amenazar físicamente a los organizadores.
El 28 de abril, en medio de las quejas de todo el mundo y del caos organizativo más absoluto, el Fyre Festival se canceló oficialmente. El pufo era tan considerable que en los meses siguientes a los promotores les llovieron las demandas. Billy McFarland fue condenado a seis años de prisión, de los que cumplió cuatro entre rejas. Al poco de salir de la cárcel, anunció la próxima celebración del Fyre Festival II. Como lo leen.
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