Traje a la Casa Gabo (así llamo a la que realmente se conoce como Casa Cien Años, porque aquí escribió Gabriel García Márquez su obra cumbre, ‘Cien años de soledad’) algunos libros que leí en los tiempos en que el ‘boom’ aún no había aparecido para destruir, y para animar, las olas tranquilas de la literatura.
Entre esos libros, por supuesto, estaba en la mochila ‘Los nuestros’, de Luis Harss, que por primera vez se publicó en 1966 y que luego conoció muchas reimpresiones, hasta que en 2012 Alfaguara hizo para el mundo de habla española la edición vigente, con el ya conocido nombre de ‘Los nuestros’.
Ese libro fue para mí, cuando se publicó y llegó a las librerías españolas y latinoamericanas, una extraordinaria novedad, porque le daba estatura y esperanza a una literatura que se había quedado quieta en Rómulo Gallegos, por poner ahí una época de la cultura literaria en español que no arrancaba de su tendencia al costumbrismo.
Es curioso que, cuando aún no eran tan conocidos, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez ambos fueron a recibir en Caracas el entonces famoso premio Rómulo Gallegos, que obtuvo el jovencísimo autor de ‘La ciudad y los perros’. Gabo lo acompañó. Entonces eran amigos hasta la muerte. No fue tan duradero ese cariño.
Vargas Llosa había roto el espejo del porvenir, pero Gabo aun no había dado de sí el gran libro que finalmente lo convirtió en el capitán del ‘boom’. Fue en seguida que escribió (y publicó) ‘Cien años de soledad’ cuando el mundo entero supo más del colombiano que del peruano, aunque en el baremo del Nobel ambos fueron bien equilibrados. Gabo lo alcanzó cuando ya no cabía duda de que era el mejor de aquel episodio inolvidable (el ‘boom’) y a Vargas Llosa le llegó cuando ya toda su escritura era aún mejor que ‘La ciudad y los perros’. Los amigos estaban separados; pero ni Gabo ni Mario rompieron jamás el respeto literario que solo interrumpieron los desenlaces que impone la muerte.
Ese episodio extraordinario del ‘boom’ no fue un azar, el resultado de la costumbre de esperar a que pasara algo que de pronto hiciera presente una nueva literatura, sino que fue, también, la extraordinaria intuición editorial que mostraron un editor norteamericano (Roger Klein), que encargó a un extraordinario periodista (y novelista) chileno y argentino, Luis Harss.
Klein le encargó a Harss que buscara en las casualidades de la historia literaria un fenómeno que prosiguiera, de un modo u otro, la trayectoria de veteranos (Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti, Jorge Luis Borges) que ya habían dado muestras del gran porvenir de esta lengua. Se trataba de que buscara Harss a algunos de los que venían detrás para presentarlos con el ruido adecuado, de modo que se oyera en América Latina, aún por nacer ante las perezosas estanterías, una literatura que estuviera más allá de la costumbre.
Con una paciencia que ahora llama la atención, pues el periodismo literario no ejerce la búsqueda, sino que se conforma con lo que el editor ya pone en marcha, Harss fue tras personajes que entonces se estaban haciendo y, por decirlo con un título de Bryce Echenique, eran mejores por carta. Así fue el audaz periodista, y novelista, buscando uno a uno a los que luego serían las figuras que ya conocen hasta los escolares adolescentes. El tiempo fue preciso, dándole la razón a Harss: de los escritores que eran ya pasado han seguido teniendo su lugar en el futuro Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges o Juan Carlos Onetti. Y aquella juvenalia con la que se atrevió el reportero tenía entonces y tiene ahora los nombres que capitanea Gabriel García Márquez y prosigue su compañero (y amigo de época y de parrandas juveniles) Mario Vargas Llosa, autor por cierto de la principal bienvenida a ‘Cien años de soledad’, el ensayo ‘Historia de un deicidio’.
Julio Cortázar y Carlos Fuentes, que fueron en seguida de la partida, cumplieron con aquellos la hermosa tarea de convertir la escritura latinoamericana en un ‘boom’ que ahora es mundial y que siempre fue una saludable ocurrencia de aquel editor y del periodista (y narrador) que entonces fue a verlos a todos y de todos trajo noticias que alertaban sobre un futuro que sería imprescindible.
He leído de nuevo algunas de las entradas de aquel libro de Harss (el único creador del ‘boom’ que, afortunadamente, vive y que publicó recientemente su hermoso libro ‘Solamente una vez (Ediciones Medusa). Es impresionante cómo Harss acertó con todo lo que iba a venir con el nombre (que no fue suyo, a saber de quién fue) del ‘boom’.
De todas esas conversaciones, que ahora siguen siendo una joya, me quedé estupefacto con un hecho que Gabo le cuenta y que Harss subraya. Están hablando de Macondo como metáfora de la Colombia de 1965. Su conversación ocurre en territorio mexicano. La situación en la tierra natal de Gabo es muy difícil, de tal manera que el narrador, que aún no había terminado ‘Cien años de soledad’, le explica que Macondo, aquella metáfora, no duerme bien. ´Nadie duerme bien en Macondo`.
Ahora que leí el libro de nuevo y me fijé otra vez en esa frase y en sus secuencias (“Nadie duerme bien en Macondo. Hay una atmósfera de desconfianza y recelo, violencia y hostilidad. Desde hace algún tiempo nada parece alterar el bochorno si no es la visita espasmódica de algún ruinoso circo o la llegada semanal de la lancha del correo”).
Gabo y Harss coincidieron juntos, hace siglos, en el sentimiento que ahora puede tenerse ante la propia situación de México. Aquel Macondo que entonces le quitaba el sueño a Colombia es ahora como el temblor que sufre México, en medio de un tiempo amenazado por el chantaje del narco. Nadie duerme bien en Macondo. Y ahora Macondo, gracias a Gabriel García Márquez, es un país de todas partes.
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