Decía De Gaulle, por Francia, que un país con 246 variedades de queso resulta ingobernable. Se trata de una exageración con más agujeros que un emmental, pero la hipérbole podría aplicarse a Asturias, donde hay concejos con más cuajos que ministros tiene el Gabinete de Sánchez. Aquí el problema no es gobernar con tantos quesos, sino la mala leche que se avecina: cada vez que se habla de financiación autonómica o de la nueva PAC, a los asturianos nos la quieren dar con queso. Con la manteca de los ganaderos no se juega. Valga el dicho catalán aplicado al campo regional: Europa y el Gobierno nos ordeñan. Unos se pegan la leche mientras otros montan la nata y se quedan con la tabla… de multiplicar.
Mientras en Francia hacen números como De Gaulle, Asturias prefiere hacer certámenes. En Arenas subastan este fin de semana un cabrales de campeonato a precio de diamante azul. En Campo Caso, las únicas dos queserías del casín, ese queso que no se unta, se pelea, venderán en una sola jornada y con la gorra toda su producción. Y desde el Instituto de Productos Lácteos se nos anuncia un fermento autóctono para mejorar el gamonéu, un hallazgo científico que es leche pura de innovación para una variedad asombrosa que emerge de las catacumbas de las cueva.
Asturias no es ingobernable por la abundancia de quesos, sino por la proliferación de políticos que prometen cuajadas y solo entregan suero. En ese arte milenario, Barbón no es maestro quesero, sino jefe de la pasteurización: lo calienta todo pero no da con el sabor.
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