Coleccionista de momentos. / Reme Picó
Levantar la vista y contemplar, a toda luz caliente y amorosa, las cosas que me gustan es un placer barato, no demasiado incómodo y bastante variado.
En cada una de las lejas de mi estantería hay dos o tres objetos de tamaños y colores diferentes, de distintas épocas, de diversos «regaladores». Y todos ellos me acompañan y me dan anchura, aunque me ocupen sitio. No necesito tener un hueco en los afectos para recordar las pirámides de Adriana, la amatista de Violeta, la bailarina del tutú azul de Manuel, el hipopótamo de Pep, o los pendientes de Marta, porque todo queda al descubierto y me envuelve de un cariño semipresente, semipalpable, semiparticular.
Los que vienen a casa disfrutan al ver la belleza de la mezcla, los cuadros con las portadas de mis libros, al lado de los portarretratos antiguos en dorados y negros. La máquina de coser rosa de cuando era pequeña al lado de las fotos de mis hijos y de mis nietos Liam y Noah. El parchís viejo junto a la camiseta de seda de cuando Antoni pesaba apenas un kilo. El payaso de la Tata, que vino desde Murano, el Pinocho ruso de Jesús, el caballo de madera que nos trajo Mercedes de Noruega.
Hay un pañuelo que bordó mi madre, tres caleidoscopios, estuches, espejos, la foto de mi hermano sentado en un orinalito. También el costurero, que casi nunca gasto, fotos a montones y cajas, cromos, lápices, telas, abanicos… Encima de las cintas de música está la muñeca que cosió Noemí en el Instituto y el corazón de madera que hizo Frede. En sitio preferente están la cajita de rosca con «diamantes auténticos» de mis tías de Valencia, las cartas de Juan Van Der, las revistas, los papeles, las libretas. Y libros y más libros.
Tengo una oreja verde de plástico que me enviaron Javier y Ange, un babero bordado por Carmeta y muchos cuentos. Algunos dedicados por sus autores, amigos entrañables. En uno de los estantes hay un jarrito de bronce, que le traje de Austria a la abuela, y que recogí cuando se murió.
Me envuelvo en estas cosas. Me dejo acompañar por ellas, mecer por ellas, dormir o despertar con ellas. Según qué días, qué necesidades, qué locuras, o corduras tengo. Los objetos me traen los momentos vividos. Es como un jugar la nostalgia, ejercerla, degustarla. Y, sin embargo, nunca he tenido la sensación de ser «coleccionista». Sencillamente, me recojo cosas bonitas.
El caso es que acabo de darme cuenta de que tengo muchísimas frases «de niño» y conversaciones anotadas en los «Diarios de clase». También guardo comentarios, preguntas, propuestas, e incluso crónicas de fiestas, excursiones, visitas y demás acontecimientos. Y hasta dibujos y fotos «explicadas», que reflejan los ambientes y me transportan a los ricos momentos vividos. Así que será cuestión de ir haciéndome a la idea de que soy coleccionista de momentos, de emociones, de palabras, de las voces de los niños. Aunque, bueno, tampoco pasa nada. Algo hay que ser.
Los que sí que son muy amantes de coleccionar son los niños pequeños. En mis clases de niños y niñas de cuatro o cinco años, si alguien enseñaba un puñadito de semillas de manzana que se estaba recogiendo, rápidamente algún otro niño proponía que nos hiciéramos una colección de semillas de frutas. Si uno contaba un sueño y yo lo anotaba, no era raro que se comentara que estaría bien hacernos un “libro de los sueños” para que no se nos olvidasen. Si me veían apuntar las poesías que iban creando, pedían que las guardara para poderlas leer otro día.
Lo cierto es que las colecciones estaban por toda la clase: cromos, estampas, animales de goma, minerales, plumas, piedras, caracolas, pañuelos, «recuerdos», postales, fotos, objetos brillantes que guardábamos en un cofre y conformaban un «tesoro» colectivo. Hasta palabras coleccionábamos. Las poníamos detrás de la puerta de clase y al salir hacia el comedor nos servían para jugar al «Pasapalabra». Yo les pedía una palabra a cada uno y tenían que señalarla con el dedo.
Para ellos era un verdadero afán acumular, les hacía sentirse bien tener más y más objetos, hacía que «durase» la satisfacción que les proporcionaba conocer las cosas y observarlas, les permitía dominar y valorar la realidad que tenían alrededor. Y además lo hacían en grupo, no competían por tener más que otros, porque nuestras colecciones eran de todos.
Observaba que en algunos casos había una especie de pasión por algunas de las piezas guardadas, como la que tenía Cristina con las caracolas. Las miraba, las ordenaba, las acariciaba… También le pasaba a Ivo con los objetos de metal que teníamos para jugar con los imanes. Manejaba los tornillos, tuercas, arandelas, cáncamos y los mismos imanes como si fueran algo delicado, insustituible, magnífico.
Recuerdo que una vez Sara se llevó a su casa a escondidas un precioso ópalo rosa claro. Lo devolvió al día siguiente, pero alguien la vio dejarlo en su sitio y me lo dijo. Así que lo tuvimos que hablar. Le pregunté si no se acordaba de que las cosas de la escuela no se llevaban a casa y me dijo que sí que se acordaba, pero que tenía que ver si la piedra en su cuarto era tan bonita como en clase.
Comprobar su hipótesis la había llevado a transgredir una norma. Pero no hacerlo hubiera supuesto negar su duda, apagar su deseo y privarse de disfrutar en casa de la belleza de su admirada piedra. ¡En menudo compromiso me había metido! Opté por decirle que entendía lo que le había pasado, pero que en otra ocasión, y tanto ella, como los demás, tenían que hablar conmigo y pedirme permiso si necesitaban «algo así». Eso preservaba la estabilidad de las normas y las dotaba de flexibilidad.
Me pregunto si les contagié yo el afán coleccionador, si me lo «pegaron» ellos a mí, o si se combinaron ambas cosas en el dúo amable y placentero que hemos disfrutado juntos. A saber.










