«Manolillo, ¿tú estás estudiando?». Era la constante pregunta de don Joaquín Marchena, recto militar andaluz de Algodonales. Tenía dudas de la dedicación al estudio de su hijo. El canario, como lo conocían en Deusto, entonces era miembro de la tuna y recorría la geografía peninsular en un Seat 600 con sus compañeros por bodas, banquetes y fiestas. Manolillo, el bajo más alto entre aquellos tunantes, estudiaba con frutos destacables. Los principios que transmitieron don Joaquín y su madre, doña Bella, han calado en la personalidad de Manuel Marchena Gómez.
«Es la autoridad suprema de la justicia imparcial e independiente», asegura Luis María Anson. «Se ha convertido en uno de los diez hombres clave de la vida nacional». Para Eligio Hernández es «uno de los grandes juristas del último siglo en España».
Manolillo, el magistrado del Tribunal Supremo, profesor doctor y académico, colmado de condecoraciones y distinciones, que no necesita presentación, acaba de publicar «La Justicia amenazada», que trata de los peligros que acechan a la judicatura pero que, en definitiva, habla de España.
Manuel Marchena, maestro de la convivencia y la amistad, es un hombre excepcional. Un tipo humano de tal envergadura que, además de jurista y profesor extraordinario, sobresale por su superioridad intelectual y moral.
Que Manolillo poseía un talento genial quedó de manifiesto desde sus primeros pasos. La familia estaba en Larache, donde había sido destinado su padre militar. Al lado de su madre en la escuela en Villa Cisneros, allí donde las niñas saharauis descubrían el español, él, con dos años, sorprendió a la familia al arrancarse a leer solo con escuchar a su progenitora. En su juventud canaria tocaba la guitarra, ligaba y seguía estudiando. Fue un bachiller sobresaliente. Los jesuitas se fijaron en aquel mirlo blanco para encaminarlo a Deusto. Con más vocación de toga que de sotana, no solo terminó Derecho en 1981 con matrícula de honor, sino que se encontró en las aulas con la compañera ideal: la vizcaína Sofía Perea.
Como otros número uno de Deusto pensaba hacerse abogado del Estado, pero la inesperada muerte su padre, legionario en Fuerteventura, truncó sus planes. De nuevo en Gran Canaria para ayudar a su madre, maestra y viuda, fue abogado, juez y fiscal. Y Marchena seguía estudiando. En dos años consigue su propósito. Es fiscal en la Audiencia de Las Palmas y, poco después, doctor en Derecho por la Universidad de La Laguna en 1991 con una tesis sobre el Ministerio Fiscal.
Un Fiscal General del Estado también canario, Eligio Hernández, el Pollo del Pinar, cambia su rumbo. Lo ficha para su secretaría técnica y le abre las puertas de Madrid, en donde, con el tiempo y más estudio, vuela solo a lo más alto de la ciencia jurídica y del poder judicial.
Asesoró a cuatro fiscales generales, dos con gobiernos del PSOE y dos del PP. En 2007 logró la plaza de magistrado de la Sala Segunda del Tribunal Supremo, que le disputó sin éxito Cándido Conde Pumpido. Y durante 10 años, capitales en la historia de España, presidió la Sala Segunda con el histórico juicio del procés, televisado, en directo, y sin botón del pánico.
Su defensa constitucional, su honestidad, su dignidad tras un miserable whatsaap y su labor en el Tribunal Supremo han forjado la figura de un magistrado destilador de prestigio, que ha venido a dignificar el significado de la toga sin contaminarse con el polvo del camino. Con magistral precisión lo retrató en LA NUEVA ESPAÑA su amigo Luis Sánchez-Merlo: «Polifacético, abstemio, viajero, riguroso, divertido, irónico, docente, taurino, honesto, liberal de creencias y costumbres, un hombre de Estado, orgulloso de su independencia, que ha renunciado a ser presidente del Supremo y del CGPJ».
En estos momentos de dramática inestabilidad se descubre al hombre grande que supo encarar como nadie el equilibrio entre Justicia y Estado.
Hoy, 6 de agosto, Gijón celebra la vuelta triunfal a Asturias de Gaspar Melchor de Jovellanos tras su encarcelamiento en Mallorca. El pesimismo que destila la obra de Marchena, la insatisfacción, la sensación de que «algo falla» en el funcionamiento de la administración de Justicia evoca al ilustrado gijonés, melancólico, con una inquietante expresión, inmortalizado por Francisco de Goya. Es el sentimiento que confiesa el autor y que queda tras la lectura de las páginas de «La Justicia amenazada» que escribió este reformista y modernizador en esta España iliberal que se resiste a despolitizar el debate de la Justicia.
«Su fortaleza ética le ha convertido en incombustible frente a las intrigas de sus adversarios. Fue calumniado repetidas veces, en público y en privado, y ha sido diana de toda clase de conspiraciones». Estas palabras sobre Jovino que el recordado profesor Santos Coronas González recoge en «Jovellanos. Justicia, Estado y Constitución en la España del Antiguo Régimen», se ajustan hoy a la persona de Manuel Marchena.
La historia traza una línea entre Melchor de Macanaz, primer fiscal del Reino, que sufre el conflicto político –como se recoge en el libro– y el mismo Jovellanos, que intentó culminar algunas de sus reformas; así también Marchena, en el tránsito a una nueva época, aboga por un constitucionalismo democrático y liberal. Como Jovellanos, Marchena es un intelectual consciente de su misión y que influye en el mundo que lo rodea. Es conciencia crítica de la sociedad. Y no como opción de Gobierno, que ofertas para entrar en política le sobran, sino como hombre de Estado. Como dijo Manuel Azaña, «sin ser artista no se puede ser hombre de Estado».
El filólogo Antonio Viudas Camarasa preguntó a la IA generativa sobre el extremeño José María Calatrava, diputado en las Cortes de Cádiz y presidente del Tribunal Supremo, y el resultado resuena como escrito para definir al protagonista de este artículo: «Una inteligencia clarísima; un espíritu recto, justiciero y ecuánime; una dignidad no torcida ni humillada por el interés ni por la ambición; un exquisito sentimiento de bondad, un noble y generoso patriotismo y una modestia mayor aún que todas estas altas condiciones».
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