Pangmao o Gato Gordo, un éxitoso jugador online, se lanzó al río Yantsé después de que su novia rompiera con él. El caso se viralizó al trascender la vida espartana de Pangmao y las periódicas transferencias de sus ganancias a su pareja. De poco sirvió que la investigación policial lo desmintiera poco después. En China ella representa aún la perfidia femenina y él será para siempre la eximia víctima de lo que en el país se conoce como “descuartizar al cerdo”: la manipulación emocional para exprimir la cartera del incauto.
De las cenizas de Pangmao ha nacido un año después el videojuego del que todos hablan. A sus programadores no les sobra sutileza. Lo han llamado “La venganza contra las cazafortunas” y pretende evitar más ‘pangmaos’. “¿Quién mató el amor? Las cazafortunas lo mataron”, se publicita. El juego arranca con un ‘dèjá vu’. El protagonista es un mensajero a punto de lanzarse al vacío tras un ruinoso romance. Pero este decide reciclarse en empresario para ajustar cuentas con el género descrito como enemigo. Navega entre cinco glamurosas mujeres que enlazan sentencias como “si quieres saber si un hombre te ama, mira cuánto gasta en ti” o “es más obediente que un perro”. Son ocho horas de grabaciones, con 38 finales posibles y el objetivo de salvar el corazón y el monedero.
El juego entró en la lista de los diez más descargados en apenas días, superando a sólidos referentes como ‘El mito Blanco: Wukong’, y acumula un 96 % de críticas positivas. Detrás está una de las pequeñas compañías independientes volcadas en el célebre género de los simuladores de romances. Son, como los peluches o las mascotas, una vía de escape del rigor cotidiano sin el incordio de socializar. A su argumento inédito añadió la compañía el precio, apenas 33 yuanes (unos cuatro euros), porque “cada jugador nuevo es potencialmente una víctima menos del fraude”. El juego, de hecho, fue rebautizado días después como “Simulador de fraude emocional”.
¿Es misógino o educa contra el timo? ¿Persevera en el cliché de la mujer sacacuartos o denuncia su avaricia? Los hombres lo han aplaudido desde las redes como un eficaz arma de autodefensa. No abundan los asuntos donde la prensa se permita la divergencia como en este. El diario ‘Beijing Youth Daily’ aplaude su defensa del amor racional y la seguridad emocional. En un editorial republicado por Xinhua, la agencia nacional de noticias, aseguraba: “A través de historias interactivas, el juego desenmascara trampas de la vida real como el fraude sentimental, las relaciones manipulativas o la coerción económica, convirtiendo la experiencia lúdica en una brillante e impactante lección contra el engaño”. En la esquina opuesta, un diario de la provincial central de Hubei, calificaba el juego de misógino: “El argumento está lleno de cosificaciones de la mujer y reduce un problema social complejo a una guerra de géneros en la que la mujer simboliza el fraude”.
Una bicicleta, un reloj y una máquina de coser
La polémica muestra la ansiedad de muchos hombres en estos tiempos de incertidumbres, economía menguante y guerras comerciales. En la China maoísta el partido proveía de casa y trabajo y para el matrimonio, más relacionado tradicionalmente con las posesiones que con el amor, bastaban los “tres elementos esenciales” del hogar: una bicicleta, un reloj y una máquina de coser. Hoy los padres aún desaprueban que sus hijos suban al altar sin una casa en propiedad y los precios inmobiliarios no lo ponen fácil. La costumbre sigue colocando la carga sobre el hombre y no escasean los que se sienten como “monederos andantes”. En algunas zonas rurales aún funciona la dote, lo que supone una carga inasumible para el pretendiente.
El juego subraya taras sociales como la importancia del dinero en la actualidad, la brecha entre pobres y ricos o la dificultad de muchos hombres para ennoviarse. China sufre el mayor desequilibrio del mundo: 120 hombres por cada 100 mujeres. No hay esposas para todos y la sociedad juzga oprobioso al treintañero soltero.
Sobre el materialismo o el culto al dinero que ha relevado a los seculares valores confucianos se discute cíclicamente en China. El debate alcanzó su cúspide con un viejo programa televisivo de citas que se publicitaba como una caladero de amor pero que cada semana dejaba perlas de pragmatismo. “Prefiero llorar en un BMW que sonreír en el asiento trasero de tu bicicleta”, le informó una joven a su pretendiente. La frase aún se escucha quince años después. Otro concursante, que se conocía el paño, llegó al plató con su resguardo bancario y las llaves de sus tres deportivos. Y el Gobierno prohibió los comentarios crueles y humillantes de las mujeres. Ninguna era tan lenguaraz como la “mujer BMW”, epítome de la obsesiva cazafortunas, vilipendiada sin misericordia en la red y sin ningún aplauso por esa brutal honestidad que hoy exhiben las protagonistas del juego.
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