Julio César Benítez fue un jugador uruguayo que fichó por el Barça en 1961 después de haber jugado una temporada en el Zaragoza y otra anterior en el Valladolid, al que llegó procedente de su club de origen, el Racing de Montevideo. Tenía entonces sólo 21 años de edad pero se estaba convirtiendo en un gran jugador reconvertido en defensa tras haber ocupado posiciones de interior y centrocampista. Benítez falleció el 6 de abril de 1968, apenas 24 horas antes del partido de Liga contra el Real Madrid, poco menos que decisivo para la resolución del título de aquella temporada.
Benítez se ganó el cariño de la afición blaugrana, por su calidad carácter afable, a pesar de que también tenía sus ‘prontos’. Por eso su inesperada y repentina muerte provocó una extraordinaria conmoción. El partido fue suspendido y se jugó dos días más tarde. Al parecer, Benítez murió a causa una gangrena gaseosa, pero durante los días posteriores a su trágico fallecimiento se habló sobre todo de una posible intoxicación al comer una ración de mejillones en conserva. En cualquier caso, arrastraba problemas de hígado y al parecer días antes se había sentido indispuesto.
Por su capilla ardiente, instalada en el palco del Camp Nou, pasaron más de 150.000 barcelonistas y al día siguiente Benítez fue enterrado en el cementerio de Les Corts con una total conmoción.
En sus siete temporadas con la camiseta blaugrana colaboró en la conquista de un título de Copa (1963) y otro de la Copa de Ferias (1966). No fue ni mucho menos un goleador, pero dejó sus trazas en 19 tantos, 8 de ellos marcados de penalti. El primero lo marcó en uno de sus primeros partidos con el Barça, en el campo de Osasuna en octubre de 1960, y el último seis años después, también en Liga, en la visita del Valencia al Camp Nou en la última jornada de aquel Campeonato.
Este último tanto se describió así en las páginas de El Mundo Deportivo, en la crónica firmada por Luis Lainz: “En los minutos últimos del primer tiempo, una jugada de Rifé que depositó el balón en los pies de Zaldúa, ocasionó el remate del navarro, la desviación a mano evidente de Mestre, bajo los palos, el consiguiente castigo máximo, lanzado por el habitual ejecutor, Benítez, y el segundo gol de un premio merecido para lo que se llevaba jugado hasta aquellos instantes”.
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Benítez se había erigido en el más fiable lanzador de penaltis del equipo, de hecho, sus cuatro últimos goles con el Barça fueron de penalti. Aquel último al Valencia, al filo del descanso, supuso el 2-0, el partido acabó con 2-1, por lo que fue en realidad el que decidió el partido.