Desde las ventanas del Instituto de Iberoamérica de la Universidad de Salamanca se ve el patio del claustro donde tuvo lugar la XV Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la Comunidad Iberoamericana de Naciones durante los días 14 y 15 de octubre de 2005. Era la segunda reunión de este tipo que se hacía en España. La foto de familia de la Cumbre tiene de fondo la fachada plateresca del edificio histórico de la Universidad. En ella se distingue a los presidentes de los países más grandes de la región: Lula da Silva de Brasil, Vicente Fox de México y Néstor Kirchner de Argentina, así como también a otros presidentes de tendencias políticas diversas que ejercieron un fuerte liderazgo regional como Álvaro Uribe de Colombia, Tabaré Vázquez de Uruguay o Ricardo Lagos de Chile. La ausencia presente de la foto es Hugo Chávez quien, sabiéndose estrella mediática, buscó protagonismo durante toda la cumbre y acaparó titulares cuando llegó de forma sorpresiva por supuestos motivos de seguridad y se fue antes del fin del evento.
Tengo un buen recuerdo de esa Cumbre. Desde un primer momento, el equipo que se había formado en Moncloa se puso en contacto con la Universidad, en cuyas instalaciones se celebraría el evento, y con el Instituto en particular para que nos involucrásemos en el desarrollo de la reunión. Fue un evento prioritario para el gobierno de Zapatero. El equipo de Presidencia del Gobierno y el de los Ministerios tenía claro el objetivo de hacer de la Cumbre todo un éxito -que lo fue- y para ello implicaron a todos los que trabajábamos o estábamos institucionalmente relacionados con Iberoamérica. Así por ejemplo, un grupo numeroso de colegas del CIDOB de Barcelona se instaló en Salamanca a propósito de un evento previo que ellos lideraron y en el que hubo un debate de primer nivel sobre modelos de desarrollo.
La primera Cumbre en España se hizo en Madrid y tuvo un especial significado político y simbólico porque fue en 1992, coincidiendo con el Quinto Centenario. El evento se realizó en el recién reconstruido Palacio de Linares, actual sede de Casa de América, punto de referencia de la comunidad iberoamericana a pesar de sus vaivenes. La tercera se celebró en Cádiz, en 2012, a propósito del bicentenario de la Constitución que perjuró Fernando VII y que pretendió ser la de «todos los españoles de ambos hemisferios», pero que, mientras moría en uno de los hemisferios por el retorno del peor absolutismo ultramontano durante la Década Ominosa, en el otro, en América, cobró nueva vida gracias a las constituciones de las nuevas repúblicas independientes.
La próxima Cumbre está prevista para el 2026 y será la cuarta que se haga en España y la trigésima para la región. Aunque no se conocen los detalles de la misma, es de esperar que sea el arranque de un nuevo modelo de relación entre los países que conforman la Comunidad Iberoamericana. El gobierno de España, como parte de la secretaría pro tempore, aun no ha anunciado la sede ni ha hecho una propuesta de agenda. Confío en que esta última sea políticamente ambiciosa e innovadora, pues es la única forma de renovar los lazos entre los países participantes y, sobre todo, de dar sentido a este tipo de eventos y a la misma Comunidad Iberoamericana como organización internacional.
Además, hay que tomar en cuenta que la XXX Cumbre llega en un momento complicado desde al menos dos perspectivas. Por un lado están los trepidantes y vertiginosos cambios geopolíticos y, por otro lado, desde la perspectiva del propio modelo de diplomacia directa, está la necesidad de reflotar los encuentros después de lo ocurrido en la XXIX Cumbre de Cuenca. Sobre esto último, más que centrarnos en las críticas y en la búsqueda de responsables, creo que debe tomarse como una llamada de atención para mantener viva la comunidad, creando nuevos puntos de interés entre los países con una agenda de la que puedan sacar beneficio la mayoría de ellos.
No podemos seguir tirando del discurso de los «valores compartidos» que, visto está, no moviliza por sí solo si no hay una agenda en la que se traten también los «intereses compartidos». Tampoco parece oportuno seguir recurriendo a los lazos que crean las inversiones, más aun después de lo que está sucediendo con Telefónica en los últimos meses: la venta de la filial de Colombia a precio de saldo, el concurso de acreedores en Perú o la venta en stand by en Argentina.
Otro desacierto sería empecinarnos en centrar las propuestas en inventos como el de las «transiciones digitales, ecológicas y socioeconómicas», pues ofrecen una visión paternalista de las prioridades de la región, pensada desde las comunidades epistémicas del norte que no siempre toma en cuenta la posición de los países del sur. No me cabe duda de que esos cambios son necesarios, pero también tengo la certeza de que los valores posmateriales y de autoafirmación están en un segundo plano en sociedades donde lo prioritario son los valores materiales y de supervivencia, como la seguridad, el trabajo o la alimentación.
También hay que asumir con toda normalidad y sin ver como un fracaso la no participación de algunos presidentes. Es muy difícil que el presidente Javier Milei de Argentina participe o que asista la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, luego de la escalada de agravios que se desencadenó tras el gran error cometido por el entonces ministro Josep Borrell y sus allegados al «dejar en visto» la carta dirigida por el presidente López Obrador al jefe del Estado. Hay que recordar que Felipe VI no tiene autonomía política y que todos sus actos públicos deben ser refrendados por el gobierno. Por ello, la responsabilidad del silencio no fue del Rey, a pesar de que se cargó contra él como si lo fuera.
No podemos seguir tirando del discurso de los ‘valores compartidos’ que, visto está, no moviliza por sí solo si no hay una agenda en la que se traten también los ‘intereses compartidos'»
La Cumbre puede ser una magnífica oportunidad para coordinar acciones que posicionen de mejor manera a los países iberoamericanos en el marco de un escenario internacional incierto y cambiante con guerras, retorno del proteccionismo, ruptura de alianzas históricas o el incumplimiento de acuerdos internacionales, entre otros aspectos. De ahí pueden salir acciones resueltas al más alto nivel para abordar temas relevantes, como las migraciones, el comercio intrarregional, el manejo de fronteras y, sobre todo, se pueden desarrollar propuestas novedosas sobre seguridad y la gestión del narcotráfico y las otras economías ilegales, como el tráfico de personas o la minería ilegal. Sin duda, el control de las organizaciones criminales que se dedican a esas actividades es el mayor reto al que se enfrenta Iberoamérica y la Cumbre no puede mantenerse al margen.
Estoy convencido de que el futuro de la región se juega en la respuesta política que pueda ofrecerse al narcotráfico, una vez que se ha demostrado que la sola acción policial y judicial no funciona. Además, de la Comunidad Iberoamericana forman parte algunos países europeos que ocupan otros puntos en la cadena mercantil de las drogas, ya sea como mercados o plazas financieras, que ya están siendo afectados por la acción de la delincuencia organizada.
En definitiva, el fortalecimiento del modelo de Cumbres pasa por contar con agendas que sean sensibles a las demandas de los países y por visibilizar y potenciar a la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB) como órgano institucional, puesto que se trata de una organización que ya realiza una gran tarea, por ejemplo, coordinando cooperación Sur-Sur, pero cuya misión y funciones son poco conocidas a pesar de su relevancia. El marco institucional y las circunstancias están, solo nos falta no dejar pasar la oportunidad.
Francisco Sánchez es director de Instituto de Iberoamérica de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer los artículos que ha publicado en El Independiente.