La industrialización no fue simultánea en las regiones del noroeste de España: Asturias se significó por un desarrollo más precoz (siglo XIX), pegado a sus yacimientos de carbón y al despliegue paralelo de la fabricación de acero, mientras que los territorios de Galicia y de Castilla y León que con el tiempo alcanzaron la consideración de industriales no despegaron hasta la siguiente centuria. Pero puede decirse que los relojes se sincronizaron en los años 50 del pasado siglo, cuando en los lustros finales de la autarquía franquista coincidieron tres hitos: la creación de la empresa pública Ensidesa (1950), para instalar en Avilés la mayor siderúrgica del país; la implantación en Valladolid de la primera fábrica española de automóviles de la francesa Renault (1953), y la llegada de la también gala Citröen a la Zona Franca de Vigo (1958).
Tales actividades y sus vicisitudes siguen con gran protagonismo en el noroeste fabril, que tiene un pasado reciente caracterizado por algunas pérdidas de dimensión relativa -también por la resistencia de los niveles de empleo y por ganancias de proyección exterior-, y un presente y un futuro condicionados por mutaciones e incertidumbres globales que ponen a prueba los cimientos industriales del territorio y su capacidad para aprovechar las oportunidades que traen los cambios.
La hegemonía de los servicios ha avanzado con paso firme en España en lo que va del siglo XXI, tiempo en el que la contribución de la industria al PIB nacional ha pasado del 18,8% al 14,72%, conforme a la contabilidad del Instituto Nacional de Estadística (INE). Esa merma (cuatro puntos) ha sido semejante en Asturias (del 22% en 2000 al 18% en 2023), más suave en Galicia (del 20% al 18%) y menor aún en Castilla y León (del 21% al 20%). Otras líneas del balance tienen signo moderadamente positivo: el noroeste, considerado de forma agregada, ha mejorado en seis décimas (del 14,5% al 15,1%) su participación en el valor de la producción industrial española. Y el desempeño del empleo sugiere avances en años cercanos: las tres comunidades juntas, con casi 350.000 cotizantes a la Seguridad Social en el sector a finales de 2024, superan en 11.3000 puestos de trabajo la ocupación que tenían en 2019, antes de la pandemia.
Economías equilibradas
El vademécum de la UE receta al menos un quinto del PIB industrial para tener economías equilibradas y más resistentes ante las adversidades. Cerca de ahí se han movido en el último lustro Asturias, Galicia y Castilla y León, que, con el 12% de la población nacional, suman el 20% o más de bastantes elementos de la industria española: el 20% del negocio agroalimentario (con liderazgo castellanoleonés, según la Encuesta Estructural de Empresas del INE); el 22% de la metalurgia y primera transformación de metales (con el acero y el zinc de Asturias al frente); el 28% de la fabricación de vehículos y sus componentes (a medias entre Galicia y Castilla y León), y el 21% de la producción energética (las tres comunidades han sido históricamente excedentarias de electricidad, aunque Asturias ha perdido últimamente esa condición). El noroeste concentra también el 46% de la confección textil, reflejo casi exclusivo del poderío gallego que encarna Amancio Ortega.
Un paréntesis para conjeturar: Ortega levantó el imperio Inditex desde A Coruña, pero quizá también podría haberlo hecho desde algún lugar de León o de Asturias. Nacido en la localidad leonesa de Busdongo, junto a la montaña asturiana de Pajares, el azar quiso que su padre ferroviario, vallisoletano al igual que la madre, terminase destinado en Galicia y que desde allí Ortega revolucionara la industria global de la moda junto a su primera mujer, Rosalía Mera. Su aportación explica en una parte no menor un rasgo distintivo de la industria gallega: sus exportaciones (en especial, coches, confección y productos de la industria alimentaria) equivalen a casi el 39% del PIB, frente al 25% del promedio nacional.
La apertura al exterior, más modesta en Castilla y León y en Asturias, ha ganado enjundia en las tres regiones en tiempos cercanos. «La crisis que comenzó en 2007 [la gran recesión] obligó a muchas empresas a buscar nuevos mercados, y con ello a ser más competitivas e innovadoras», diagnostica Juan Carlos de Margarida, decano de los economistas de Castilla y León y profesor de la Universidad de Valladolid. Se produjo esta variación estructural: desde 2010, las cifras de exportadores regulares (firmas que venden fuera durante al menos cuatro años consecutivos) han crecido el 38% en Galicia (hasta sumar 2.802 a fines de 2024), el 59% en Castilla y León (hasta los 2.101) y el 81% en Asturias (hasta los 677). Resultados indicativos del buen desempeño de muchos negocios manufactureros y también de la exposición que tiene el tejido productivo ante el riesgo de contracción del comercio global que presagia la guerra arancelaria desencadenada por EEUU.
LA JOYA ALIMENTARIA. De esa expansión comercial hacia fuera participa la industria alimentaria, «la joya de la corona» en palabras de Margarida. En Castilla y León, Galicia y Asturias, existe un generalizado consenso sobre la relevancia y el potencial de una serie de actividades transformadoras (ligadas al campo y al mar) que ocupan a 89.000 trabajadores entre las tres regiones y mueven 32.000 millones de negocio (incluida la rama de las bebidas).
La galletera castellana Gullón, los grupos gallegos Coren (carnes y huevos) y Calvo (conservas de pescado) y la láctea asturiana Capsa son algunas de las grandes enseñas que capitanean la fabricación de alimentos desde el noroeste. Campeones nacionales que sobresalen en una industria marcada no obstante por la reducida dimensión de una gran mayoría de empresas. «Hay que ganar tamaño, y tiene que venir por fusión o por colaboración entre empresas», responde el economista José Francisco Armesto, miembro del Foro Económico de Galicia. El subsector alimentario, remarca, «debe estar en el centro de la agenda industrial: tiene relevancia económica, medioambiental, vertebra el territorio, fija población…».
COCHES Y ACERO. Cuenta Guillermo Ulacia, expresidente de la patronal asturiana del metal (Femetal), que cada coche lleva una media de 850 kilogramos de acero. De la gran fábrica viguesa de Stellantis (gigante que agrupa, entre otras, las marcas Citröen, Peugeot, Fiat y Opel) salieron en 2024 más de 500.000 automóviles. Y en las plantas que Renault tiene en Valladolid y Palencia se ensamblaron 350.000. Así que para conseguir esas producciones se utilizaron más de 700.000 toneladas de acero. Los números dejan ver la potencia de la automoción del noroeste -formada por esas fábricas, más la de furgonetas de Iveco en Ávila y una gran red de proveedores de componentes, en total 40.000 empleos- y dan pie asimismo a comentar la dimensión de la siderurgia integral asturiana, la única de España: las instalaciones de ArcelorMittal (7.000 empleos, incluidos subcontratas) produjeron en 2024 algo más de 3,5 millones de toneladas de acero. Una parte para los coches de fabricación española.
«Estamos ante un cambio existencial como no ha habido otro desde la Revolución Industrial». De Magarida habla así del proceso de descarbonización dictado por la UE, fuente de oportunidades y de preocupaciones compartidas dentro del noroeste industrial. Hay mucho en juego en la reconversión verde. Los complejos automotrices de Galicia y Castilla y León, «competitivos e innovadores», están en principio bien posicionados ante el tránsito de los coches de combustión a los eléctricos. Stellantis ha confirmado inversiones en Vigo para fabricar modelos movidos por baterías. Renault ha convertido por ahora sus plantas de Valladolid y Palencia en un polo de turismos híbridos, sin descartar una apuesta eléctrica más adelante. Pero persisten enormes incertidumbres, más tras el volantazo proteccionista que ha supuesto el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca.
El sector del auto mira a Bruselas -a sus promesas de mayor apoyo a la industria comunitaria y de una presumible relajación de hecho en los objetivos descarbonizadores- tanto como mira el siderúrgico. Suspendidas las principales inversiones de Arcelor para fabricar acero verde en la UE (en el caso de Asturias, mil millones), el porvenir dependerá en buena medida, subraya Ulacia, de la capacidad de Europa de dar una respuesta ágil y contundente a las necesidades del sector en materia de defensa comercial, precios energéticos, estímulos públicos…En último término, el futuro se decidirá en Luxemburgo, sede de ArcelorMittal, del mismo modo que Stellantis decidirá sobre Vigo desde Ámsterdam y Renault sobre Valladolid y Palencia desde su sede central cercana a París.
BARCOS Y ENERGÍA. Puede decirse que Asturias ha pasado por todas las reconversiones industriales de los últimos 50 años, y algunas las ha compartido con sus vecinos del noroeste. La dura reestructuración de la construcción naval golpeó a los astilleros gallegos y asturianos en los 80 con la destrucción de miles de empleos. Desmantelamiento al que sobrevivieron un puñado de fabricantes, entre ellos el grupo público hoy denominado Navantia (antes Izar y primero Bazán).
Entre tanta ruina emergieron sobre todo aquellos constructores privados supervivientes (Armón, Gondán, Freire…) que hoy lideran el sector español, concentrando en 2024 el 80% de la carga de trabajo. Su rumbo ha sido la innovación y «la especialización» (ferris, oceanográficos, pesqueros, buques de apoyo a parques eólicos marinos…).
De los episodios finales de la mal llamada reconversión del carbón han participado las tres regiones. La clausura en 2028 de las últimas explotaciones que recibían ayudas públicas en Asturias, León y Palencia (salvo un pozo asturiano de Hunosa, activo hasta 2024) finiquitó un proceso gradual que comenzó en los 90, «no traumático» para los trabajadores excedentes (en su mayoría con acceso a prejubilaciones), aunque sí lo ha sido para los territorios concernidos, donde sucesivos intentos reindustrializadores obtuvieron magras cosechas.
La etapa final de la liquidación de esta minería se solapó con la nueva transición energética, que ha traído desde 2018 el final de siete centrales térmicas de carbón entre las tres comunidades, pero también una eclosión de proyectos asociados al despliegue de las tecnologías renovables y a la electrificación de la economía. El plan del grupo Sunwafe de invertir en Asturias 670 millones en una factoría de obleas de sílice (para el sector fotovoltaico) que daría empleo a 2.600 personas es el más reciente de una cadena de anuncios de inversiones de apariencia colosal en estos años: hasta 10.000 millones en proyectos de hidrógeno verde para el próximo lustro, plantas asociadas a la fabricación de baterías (Ionway en Asturias o Inobat en Valladolid), una macrofábrica vallisoletana de autobuses eléctricos (Switch Mobility)…
Proyectos con variopintos grados de madurez -alguno en modo de espera e incluso con su viabilidad comprometida últimamente-, pero que indican por un lado que el noroeste está en el mapa de la inversión internacional y por otro que los gobernantes tienen en este tiempo estrategias proactivas en la búsqueda de capital foráneo y en la puesta de suelo a su disposición.
DEFENSA. La metamorfosis geopolítica ha acrecentado algunas expectativas. Asturias ha encadenado en lo que va de año tres manifestaciones de interés del subsector de la defensa (Indra, Tess Defence y Escribano) para instalar nuevas fábricas de armamento (vehículos blindados, principalmente). El rearme europeo -y en general el giro de la UE hacia la autonomía estratégica en material industrial tras el llamado Informe Draghi- se perfila como otra oportunidad para rearmar (en el sentido de fortalecer) la manufactura asturiana. También la de Galicia, que fabrica blindados en Pontevedra (Urovesa) y fragatas en el astillero ferrolano de Navantia. Quizá asimismo la castellanoleonesa: la española Tecnesis abrirá en Valderas (León) una planta de munición de artillería, y el ramo de los componentes de automóvil podría sumarse a una reflexión que está en marcha en España para convertirse también en proveedor de piezas para vehículos de defensa.
Resistencia, reconversión, rearme… Hay grandes desafíos compartidos en el noroeste industrial. A decir Armesto, para el futuro de la industria, como para otros asuntos y urgencias de esta parte del país, «si afrontamos en común los retos, cada uno con sus especificidades pero en común, hay masa crítica suficiente para demandar (y puede que lograr) aquello que necesitamos».