Un servidor reconoce que le fascina la arquitectura que surge en muchas ciudades europeas en el último tercio del siglo XIX y comienzos del XX. No puedo evitar fijarme en las diferentes tipologías de edificios, fachadas y estilos impulsados por unas burguesías que querían mostrar al público su poderío económico, así como embellecer las ciudades de las que eran dueños y señores. Y más en particular, me gusta mucho el estilo de arquitectura que llegaron a desarrollar los comerciantes de aquella época y los dueños de grandes navieras que, en zonas de costa, pagaron la construcción de palacios y grandes edificios que tienen un carácter muy marcado. Es algo que se puede ver y disfrutar en ciudades, especialmente del norte de España, como San Sebastián o Santander por poner un par de ejemplos, en los que destacan las edificaciones impulsadas por esas potentes fortunas de la burguesía naviera.
Y claro, esto es muy complicado de ver en ciudades de interior. Pero no imposible, ya que en Zaragoza tenemos la suerte de contar con una auténtica joya construida a principios del siglo XX y que tiene, con una enorme grandiosidad, un importante sabor a mar aunque nos encontremos a cientos de kilómetros de este. Hablo del Palacio de Larrinaga, un icono arquitectónico demasiado poco conocido por parte de los propios zaragozanos y que fue construido por amor. Aunque como en casi toda buena historia de este tipo, esta tuvo un triste final.
Para ir al origen, tenemos que conocer al importante naviero vasco Ramón de Larrinaga y su esposa, Telesfora de Luzárraga. Ramón fue el fundador de una importante empresa naviera llamada Olano, Larrinaga & Compañía, estableciendo una ruta comercial muy importante con la ciudad británica de Liverpool donde la familia acabó asentándose. Este matrimonio tuvo cinco hijos, pero quedaron huérfanos siendo estos todavía muy jóvenes y pasaron a estar bajo la tutela de sus tíos, quienes buscaron que sus sobrinos tuvieran una buena formación para que de mayores pudieran hacerse cargo del negocio de sus padres.
Así fue como uno de esos cinco hijos, Miguel Larrinaga de Luzárraga, acabó estudiando Derecho en la Universidad de Zaragoza, algo que le llevó a conocer al amor de su vida. Asunción Clavero era una joven natural del pueblo turolense de Albalate del Arzobispo. Un día se conocieron en la Catedral del Pilar (por entonces todavía no era basílica), y debió ser amor a primera vista. Ambos acabaron casándose en el año 1897 en Liverpool, donde Miguel tenía la base de sus negocios, de modo que Asunción tuvo que experimentar un cambio radical al tener que irse a vivir lejos de su entorno, de su propia familia, y a un país diferente, con otro clima, costumbres y lengua. Miguel sabía perfectamente de la gran añoranza que Asunción tenía por su tierra natal, así que le hizo una promesa. Cuando dejara la empresa a la siguiente generación, abandonarían Liverpool y se asentarían en un fabuloso palacio que mandaría construir en Zaragoza, que además estaría junto a la carretera del Bajo Aragón, que conectaba a la capital aragonesa con Albalate del Arzobispo.
Así, en el año 1900 Miguel viaja a Zaragoza para comprar unos terrenos donde construir ese palacio que originalmente tuvo el nombre de Villa Asunción, en honor a su esposa. El trabajo de diseño fue encomendado a uno de los arquitectos de moda del momento, el gran Félix Navarro, quien creó un magnífico palacio en lo que entonces eran las afueras de la ciudad, de estilo ecléctico, pero también con toques neorrenacentistas. Además, si se tiene la oportunidad de admirar de cerca su fachada principal, los motivos marinos son una constante, viéndose así esa tradición naviera de la que hablaba al principio del artículo.
La construcción fue finalizada unos años más tarde, quedando como ese destino para una futura y dorada jubilación mientras el matrimonio seguía viviendo en Liverpool, aunque regresaba a España para disfrutar de sus vacaciones anuales en las casas que tenían en San Sebastián y Málaga. Sin embargo, ese idílico retiro en la capital aragonesa en aquella gran maravilla diseñada por Félix Navarro nunca se cumplió, ya que en 1939 falleció Asunción. Terminada ese mismo año la Guerra Civil Española, y con un Miguel que no deseaba retirarse en un palacio lejos de su tierra y sin su esposa, lo acabó vendiendo en 1942 a la empresa Giesa, que la utilizó como oficinas durante unos años hasta que esta se la vendió a los padres marianistas, a quienes perteneció hasta la compra del palacio por parte de una entidad financiera ya en los años 90.
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