Son poco más de 600 metros, pero concentran toda la dureza que puebla las pesadillas de los ciclistas profesionales: pendientes del 20 por ciento y adoquines resbaladizos, que muchas veces obligan a los profesionales más reputados a poner pie a tierra, como en su día le ocurrió a Eddy Merckx.
Bienvenidos a Koppenberg, el muro imposible del Tour de Flandes, la clásica que vuelve a su cita con el calendario ciclista este domingo, 6 de abril.
La colina, situada a las afueras de la ciudad de Melden, en las Ardenas belgas, es la gran joya del Tour de Flandes, el segundo monumento de la temporada tras la Milán-Sanremo.
La carrera, llamada De Ronde van Vlaanderen en flamenco, se celebra desde 1913 y ni siquiera se detuvo durante la Segunda Guerra Mundial.
Como tantas otras carreras ciclistas, nació de la necesidad de promocionar un periódico deportivo, llamado ‘Sportwereld’. Para los flamencos, la carrera forma parte de su identidad, uno de sus grandes orgullos.
Las cifras asustan, pero no alcanzan a explicar lo complicado que resulta coronar Koppenberg. 11,1 por ciento de promedio, 600 metros de longitud y un ascenso a ‘solo’ 76 metros sobre el nivel del mar, con pendientes máximas del 20 por ciento.
«La colina más alta del mundo»
Los adoquines lo complican todo sobremanera: aunque la carrera se encarga de cuidarlos, siempre presentan un aspecto grasiento, húmedo y resbaladizo, incluso en días soleados.
La leyenda cuenta que fue un ex corredor, el belga Walter Godefroot, doble ganador del Tour de Flandes, en 1968 y 1978, quien propuso introducir la subida.
La organización la incluyó por primera vez en 1976. Y fue precisamente ese año cuando ofreció una de las escenas más insólitas de la historia del ciclismo, con Eddy Merckx echando pie a tierra.
(Sin ir más lejos, el año pasado, la mayoría del pelotón tuvo que bajarse de la bicicleta. Solo resistieron los elegidos, entre ellos Mathieu van der Poel, brillante ganador en 2024 y gran favorito en 2025).
Poco a poco, Koppenberg fue cogiendo fama. Se le llamó «la colina más alta del mundo», no por su altitud, lógicamente, porque no supera los 78 metros, sino por su dificultad. No hay demasiadas curvas, pero la carretera es estrecha y está llena de trampas.
Cráneos enterrados en el barro
También se dice de Koppenberg que es «la colina de las cabezas», por el tamaño de sus adoquines, grandes y redondos como «cráneos enterrados en el barro», una definición tétrica pero que resume las escabechinas que han ocurrido en la ascensión.
Hubo ediciones del Tour de Flandes que acabaron convertidas en un auténtico infierno por culpa de Koppenberg, como la de 1985, cuando solo 24 corredores consiguieron acabar la carrera. Ganó Eric Vanderaerden en un día infernal, con frío, lluvia y barro.
Ciclistas sin bicicleta
¿Pero cómo es posible que ciclistas perfectamente preparados tengan que bajarse de la bici en una colina? Para empezar, porque es una carretera estrecha. Y todos quieren entrar en cabeza: los primeros suelen subir sin demasiados problemas, pero los que van en medio del pelotón o en la cola están expuestos: si uno tiene que echar pie a tierra, obliga en la práctica a bajarse también de la bici al ciclista que rueda inmediatamente por detrás.
Es una subida corta, lo que invita a muchos corredores a no complicarse demasiado la vida: una vez con el pie en el suelo, suben caminando, o intentando correr.
Pero se suele decir que Koppenberg, situado este año a 44 kms de la línea de meta, ha provocado más retiradas que los grandes puertos del Tour de Francia.
Flandes y una decisión polémica
Sin embargo, el Tour de Flandes decidió prescindir de Koppenberg en 1988. La masacre de 1985 y lo sucedido en 1987, cuando el danés Jesper Skibby perdió sus opciones de ganar la carrera en Koppenberg, llevaron a la organización a aparcar la colina más famosa de Flandes.
Lo de Skibby tuvo su miga: era líder, con diez segundos de ventaja, pero en Koppenberg perdió fuerza y se deslizó hacia el margen derecho de la carretera: el coche de dirección de carrera le atropelló y arrastró unos metros su bicicleta, entre los abucheos (y alguna que otra risa) del público.
Skibby acabó sano y salvo, pero perdió sus opciones de ganar el Tour de Flandes.
La opinión de los críticos hizo que Koppenberg se quedase fuera de la carrera hasta que en 2002, con los adoquines restaurados, Koppenberg regresó.
Se había adecentado el tramo y ensanchado la carretera: las obras costaron 150.000 euros, a cargo de la comarca de Oudenaarde, donde se ubica la línea de meta.
«Una catástrofe»
Ni siquiera así se acabó con el debate: en 2006, solo nueve corredores lograron subirlo sin bajarse de la bicicleta. El directo de la carrera, Wim van Herreweghe, recibió un alud de críticas. Los adoquines habían vuelto a deteriorarse. «Hay demasiado espacio entre las piedras y si llueve sería una catástrofe», justificó cuando anunció que Koppenberg volvía a quedarse fuera del Tour de Flandes en 2007.
Afortunadamente para los espectadores -y desafortunadamente para los ciclistas-, Koppenberg regresó al recorrido en 2008, ya para quedarse.
Sin suerte para España
Ni Koppenberg ni el Tour de Flandes han sido propicios para los ciclistas españoles. El tercer puesto de Juan Antonio Flecha en 2008 es el mejor puesto de los españoles en el monumento flamenco.
Quizá por razones históricas, o por el miedo que siempre han generado los adoquines, a los españoles nunca se le ha dado demasiado bien Koppenberg.