Pedri estaba harto. Gesticulaba, pedía explicaciones a sus compañeros, abría los brazos y preguntaba a quién pasara por su lado qué demonios estaba pasando. Lewandowski, que nada aportó, lo miraba desde otra dimensión. Mientras, Lamine Yamal tiraba a la nada un pase que parecía sencillo y escondía la cara bajo la camiseta. Manuel Pellegrini podía ofrecer respuestas convincentes al porqué de semejante frustración. Al porqué de un Barça exhausto y de repente terrenal, incapaz de aprovechar del todo la derrota del Madrid contra el Valencia. Aumentaron los azulgranas hasta los cuatro puntos su distancia con los de Ancelotti, pero quizá perdiera una buena oportunidad para decir adiós a su gran rival definitivamente.
El técnico chileno del Betis basó su plan de partido en corromper la circulación del Barcelona. Podía el equipo azulgrana tener el balón, eso se presuponía, pero en ningún caso debía darle sentido a cuero. Lo logró Pellegrini durante el primer tiempo a partir de una alineación parida precisamente para ello, por mucho que tuviera que sacrificar de inicio a su ‘wonderboy’ Jesús Rodríguez. Una decisión comprometida y poco popular. Aunque Pellegrini, a sus 71 años y siempre con ese porte imperturbable, está ya de vuelta de todo. Sancionado Isco, su gran timonel, tuvo sentido recargar la zona ancha y que Lo Celso tuviera como compañero a Altimira, pero sobre todo a Fornals, más interior que extremo mentiroso. Todo para ofrecer aún más espacio al correcaminos Antony, al que Balde tenía que mirar de reojo y confiar en que Cubarsí se multiplicara para detenerlo.
Los reajustes de Flick, en cambio, tuvieron más que ver con la cercanía de la ida de cuartos de la Champions frente al Dortmund que con el partido en sí. Frente a un Betis en plena buenaventura, podía ser peligroso. Intenta el técnico alemán gestionar como puede esfuerzos y molestias varias. Raphinha, que ya volvió algo dolorido del parón internacional, se quedó en el banco tras su titularidad en el Metropolitano. Su lugar lo ocupó Ferran Torres, que ejerció de mediapunta. Gavi, el mejor azulgrana en la fría noche, pletórico y ejecutor en el gol inaugural tras una gran asistencia de Ferran al primer toque, había recuperado la titularidad en la zona ancha. Preocupó la ausencia por una «pequeña lesión fibrilar en el glúteo» de Iñigo Martínez. No quiere forzar más de lo debido Flick a un central capital para su esquema con todo lo que viene. Pero con Araujo y sus extrañas desconexiones, nunca se sabe.
Fue el central uruguayo el encargado de la marca de Natan en el 1-1 tras un saque de esquina. Araujo le sujetó desde atrás. Ni siquiera miró dónde estaba el balón, pese a que podía haber tenido ventaja. Pero se quedó a la espalda de su par y Natan, tan pancho, remató a unos pocos palmos de Szczesny. El meta polaco sólo tuvo tiempo de girar el cuello para ver que el balón le había pasado por encima de su cabeza.
El Barça se obcecaba en pasar por el embudo al ver que Balde no podía con Ruibal en la orilla y que Lamine Yamal, controlado por Perraud, parecía comenzar a pagar tanta tralla.
Pellegrini jugaba al palo y la zanahoria con Flick, intimidación con Chimy y granito con Carvalho. Y el alemán respondía echando mano de Raphinha y de Eric. Tal era el desasosiego que incluso se puso a calentar Ansu Fati, desterrado desde hace semanas. Adrián sacó una buena mano a Koundé, y los azulgranas, sin el desborde de Lamine y con Pedri ya en el banco, se rindieron al empate ante un Bartra titánico.
En mayo de 2007, un brasileño apellidado Sobis arrancó un 1-1 al Barça de Rijkaard y Ronaldinho en el Camp Nou que aún recuerdan los béticos y que todavía provoca alguna pesadilla a los hinchas azulgranas que peinan canas. Qué circular es el fútbol.