Hace unos días pude experimentar un auténtico viaje en el tiempo sin salir de Zaragoza. Gracias a la generosidad –y los conocimientos– de Javier Muñoz, tuve ocasión de visitar Casa Moneva y sumergirme, durante un rato, en su historia. Se trata de un rincón muy especial de la ciudad que, acorralado entre construcciones mucho más modernas, se ha mantenido sin embargo inalterable –a eso llamo yo resistencia numantina– con el transcurso de las décadas, último resquicio de un paisaje que ya no existe y que hoy resulta impensable en pleno centro de Zaragoza.
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