Se ha instalado «hacer pedagogía» como sinónimo de explicar algo. Lo dice cualquiera, «como el maestro Ciruela, que no sabía leer y puso escuela», con una pedantería equivalente a «hacer meteorología» como sinónimo de hablar del tiempo en el ascensor.
Ha triunfado en el lenguaje político porque habla desde la tarima gubernamental, desde el aula magna de las Cortes, y amaestra. La pedagogía sirve a la educación y la enseñanza, especialmente infantil. Aplicarla a la población es tratarla como a niños y considerarla mal educada. A un adulto se le da información a demanda, pero solo se quiere difundir la que entienda el más torpe, mejor con sentimientos que favorezcan valores abstractos que con datos. Eso no es «hacer pedagogía» sino pederastia intelectual.
La expresión tiene años y la tentación pedófila del poder es inveterada, pero ahora se aplica al rearme, siempre que no se llame con esa palabra fea, caca. Como es complicado, advierten «que viene el lobo» -(los niños son sensibles al miedo) y piden que compremos el kit de las 72 horas (los niños tienden a obedecer). Informar al respecto es laborioso – no por «secretos militares», sello que ayuda a la corrupción en el negocio de las armas – sino porque hay que hablar con muchos disconformes que manejan argumentos potentes.
No es difícil darse cuenta de que el equilibrio en el mundo está cambiando, de que se habla más de guerra que de paz, que la fuerza supera a la razón en la conversación internacional, que vemos catálogos de armamento en medios de comunicación convencionales y que, aunque sobren armas para destruir varias veces el planeta, no están repartidas para disuadir eficazmente. Cualquier ciudadano debe tenerlo en consideración suficiente para anteponer el conocimiento a las emociones. No es mejor hacer vídeos graciosos con el bolso de supervivencia de Mar Pepín, la institutriz que viene con «viento del este y niebla gris» o acabaremos antes de navidad declarando educativos los juguetes bélicos en nombre de «hacer pedagogía».
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