En Perú, dos niños de seis años han vivido desde que nacieron con madres que no eran biológicamente las suyas. / ShutterStock
Series como Adolescencia o sucesos como el del chico con parálisis cerebral golpeado, humillado y grabado por sus compañeros en un instituto de Cantabria nos hacen pensar en qué clase de juventud estamos educando, pero rara vez reflexionamos, cuando vemos el comportamiento y los modos de cierto tipo de adultos, en qué clase de juventud hemos educado. A toro pasado, todos somos Manolete.
Echarle las culpas a las pantallas es lo socorrido y lo recurrente. El perfil sociópata de hombres (sobre todo) y de mujeres entrados en años ha ido construyéndose durante esa época de la vida en que no existía Instagram y no había emoticonos. Había teléfonos de disco y teléfonos rojos. ¿Qué clase de adolescentes serían Trump o Putin o Netanyahu? Los historiadores escarbarán un poco más allá de la versión oficial, aunque dudo que puedan adentrarse a fondo en cómo se desenvolvía cualquiera de ellos en el interior de un aula de instituto cuando tenían 14 años. En ocasiones, el malo de la película no da signos de vileza, se cuece a fuego lento.
Es posible que alguno de ellos fuera como el niño asesino de la serie o como los matones de la clase que humillan al resto de compañeros. Y también puede que no. De hecho hay muchas posibilidades de que aparentaran una normalidad nada inquietante. Cada vez que un adolescente estadounidense irrumpe armado en su instituto dispuesto a masacrar a quienes se crucen en su camino, la mayoría coincide en describirlo como un niño normal, quizá algo retraído, acaso introvertido y un poco insociable. No siempre saludaba. ¿No hemos sido un poco así en alguna fase de nuestra vida? Casi nunca se trata del que todos esperan que un día se abra paso a tiros por el pasillo de su escuela, tanto si se trata del hampón oficial del colegio como si hablamos del blanco de todas las burlas. Los dos estudiantes que perpetraron la masacre de Columbine en 1998 (13 muertos y 21 heridos) se movían precisamente en esa trama de grises donde de verdad suceden las cosas, confundidos entre el pendenciero oficial del bachillerato y la víctima a la que llueven los palos.
Por fortuna, la bondad de la infancia es un rasgo generalizado. En Perú, dos niños de seis años han vivido desde que nacieron con madres que no eran biológicamente las suyas. El hospital se confundió y a una le dieron el hijo de la otra y viceversa, hasta que una prueba de paternidad por un caso de divorcio ha aclarado el entuerto. Con seis años de edad, cuando los niños ya son capaces de almacenar recuerdos, han sido devueltos a sus auténticas familias como si se tratara de un intercambio de espías en el checkpoint Charlie. Fue un desgraciado error achacable a la negligencia de vaya usted a saber quién, si del personal médico o el de enfermería. Es un temor que medio en serio medio en broma (casi siempre medio en serio) acongoja a todos los padres y madres que cada día ven nacer a sus hijos. A ver si me lo van a cambiar.
La justicia les ha impuesto un inesperado giro de guion a los niños de Perú. Nada va a ser ya como estaba previsto. Me pregunto cómo les cambiará la vida al recalar en una familia con valores y entornos distintos a los que han vivido hasta ahora, si se truncarán sus expectativas o acabarán disparadas. Quizá nada se altere de un modo determinante. Es probable que los no padres inculcaran a su no hijo el amor por los libros y los procreadores verdaderos tiren más por las matemáticas, o que uno de los niños aprendiera de sus progenitores equivocados la pasión por el baloncesto y en su nuevo hogar, el que siempre debió ser, guste más el fútbol o alberguen un desinterés manifiesto por cualquier deporte. Una familia vive en el campo y la otra en la ciudad, un matrimonio vive en armonía y el otro separado, y ahora esos niños no solo se intercambian las madres, sino también sus vidas, y de ese giro abrupto dependerá si salen dos adolescentes y hombres modélicos, o uno es bueno y otro malo, o los dos malos, o el que iba para víctima se convierte en verdugo o ambos ganan exaequo el Nobel de Literatura. O no pasa nada. El ADN no es solo una cadena genética, es también memoria y recuerdo y entorno y familia e instituto. Y la consagración de la crianza como factor esencial. Los niños de hoy son los hombres y mujeres de mañana.
Dos familias diferentes y un común denominador. Mientras una televisión local registraba el desgarro de ambas madres, ambos niños, ajenos al formidable cambio que les espera en la vida, se entretenían mirando el teléfono. De entre todos los artilugios al alcance de la infancia, es el que más probabilidades tiene de influir en la personalidad de un niño. Los niños vienen ya con un móvil bajo el brazo. Es probable que sus vidas no sean tan diferentes.