La llamaban la octava maravilla del mundo y su historia ilustra a la perfección la importancia que las piedras preciosas han tenido en nuestra evolución. Mezcla la fascinación por el lujo con la política, la ostentación con la guerra y el misterio con la ambición desmedida… Y las terribles consecuencias de todo ello.
La Cámara de Ámbar fue una estancia que mandó construir el rey Federico I de Prusia en su palacio de Berlín a principios del siglo XVIII. Estaba enteramente decorada, como pueden imaginar, con ámbar de seis tonalidades diferentes, estatuas, oro y espejos. El encargo era probablemente uno de los más caros y extravagantes que podían realizarse en aquel momento, ya que el ámbar era por entonces un material incluso más apreciado y raro que el propio metal dorado. Esta obra alucinante, que ocupaba solo unos 16 metros cuadrados, pero que dejaba impresionado a todo el que la veía, ocupó durante años a artesanos alemanes y rusos, y estuvo instalada en su lugar original hasta 1716, cuando Federico decidió regalarla al zar Pedro el Grande como símbolo de la alianza entre ambos países.
Imaginen regalar una habitación. El inusual presente fue muy bien recibido por el zar, que lo instaló inmediatamente en una de sus residencias, en concreto en el Palacio de Catalina, cerca de San Petersburgo, y durante casi dos siglos fue un símbolo del poder y de la riqueza deslumbrante de los zares rusos. Pero la historia de la Cámara de Ámbar dio un giro trágico en la Segunda Guerra Mundial. En 1941, durante la invasión alemana de la Unión Soviética, las tropas nazis saquearon el Palacio de Catalina, llevándose todo lo que encontraron de valor, también la decoración de la Cámara, que fue desmontada, empaquetada y enviada hacia Alemania en apenas 36 horas. Poco tiempo después llegó a Königsberg, la actual Kaliningrado, donde fue exhibida durante unos meses. Pero las cosas pronto se pusieron feas para el Reich y en el caos de la derrota nazi, los bombardeos aliados y la posterior entrada en Kaliningrado del Ejército Rojo, el rastro de la Cámara de Ámbar se perdió para siempre. Nada se sabe de ella desde 1944.
Hasta hoy, la desaparición de la Cámara del Ámbar sigue siendo uno de los mayores misterios del arte y la historia. Se han formulado todo tipo de hipótesis: ¿fue destruida en los bombardeos? ¿Sigue oculta en algún búnker subterráneo pendiente de descubrir? Algunos testigos afirmaron que vieron cómo la rica decoración se cargaba en un barco llamado Wilhelm Gustloff con destino desconocido. Pero el Gustloff, tras zarpar de Gdingen el 30 de enero de 1945, fue inmediatamente torpedeado y hundido por un submarino soviético. ¿Descansan los restos de la Cámara en el fondo del Mar Báltico? Probablemente nunca lo sabremos.
La Cámara de Ámbar y su historia simbolizan perfectamente el poder efímero de los imperios y el destino incierto o incluso trágico que parecen tener este tipo de objetos de riqueza casi mística. También es un ejemplo perfecto de cómo las piedras preciosas no solo han sido símbolo de lujo y belleza desde tiempos inmemoriales, sino también de ambición, conflictos y grandes derrotas a lo largo de la historia. Es por ello que esta historia ocupa un papel destacado en El jardín mineral, el nuevo libro de Óscar Martínez, doctor en Bellas Artes y profesor de EASD en Valencia, que acaba de publicar la editorial Siruela.
El jardín mineral es un recorrido literario por la historia, el arte, la mitología y la cultura a través de las piedras preciosas que entrelaza relatos históricos, curiosidades y anécdotas sorprendentes, como la que acabamos de narrar, para mostrar el impacto que estas piedras han tenido en civilizaciones, religiones y expresiones artísticas a lo largo del tiempo. Desde las perlas hasta los diamantes y los rubíes, pasando por los zafiros, el coral o el citado ámbar, el libro explora cómo las gemas han cautivado desde siempre a la humanidad, simbolizando poder, belleza, misticismo y deseo.
Una atracción atávica
Si algo queda claro en el libro de Martínez es que el hechizo que las piedras preciosas han ejercido sobre el ser humano siempre ha estado ahí. “Siempre nos ha atraído lo diferente, lo exótico, lo exclusivo, lo escaso”, afirma el autor. “Se considera que una de las primeras sustancias y materiales con los que el ser humano comerció fue el ocre rojo, que es una tierra roja con la que embadurnábamos a nuestros cadáveres antes de enterrarlos. Luego pasó lo mismo con las conchas, conchas especiales que se encontraban en las playas, y más adelante pues con todo este universo mineral y biológico”.
Además, según cuenta Martínez, las gemas han sido una forma muy conveniente de transportar en un espacio muy pequeño una gran cantidad de riqueza, como ocurre con los metales preciosos. “Es algo que además recorre todas las culturas humanas. Donde no había esmeraldas o diamantes había caparazones de tortuga, conchas o piedras raras. El brillo, el color y la escasez están detrás de la atracción del ser humano por las gemas, como por otras muchas cosas”, sostiene el autor.
“Hay una frase que finalmente no entró en el libro pero que fue de las primeras que escribí”, continúa, “que es que los humanos somos como urracas sin plumas. Nos atrae lo diferente, lo brillante. Y, si lo piensas, la luz, el brillo, es algo muy importante en las religiones y esas piedrecitas son como pequeños soles que reverberan la luz. El sol nos da la vida y quizá buscamos en los objetos que nos rodean algo de esa luz”.
Entre la magia y la historia
El carácter místico, simbólico, curativo o religioso que muchas o la mayoría de las piedras preciosas han tenido a lo largo de los siglos, ha estado por encima de su valor comercial. Es lo que opina Martínez. “Tenemos que pensar que el hombre antiguo vivía en un mundo lleno de símbolos, un mundo en el que el pensamiento mágico estaba a la orden del día”, afirma. “Aunque el libro se centra en las gemas, los simbolismos estaban en absolutamente todo: animales, plantas, frutas, los días de la semana, las estaciones del año. Todo era simbólico. El símbolo era una herramienta para comprender la realidad. Pero es que además, su carácter de escasez hacía que aún se les cargara más de simbolismo”.
“Según pasa el tiempo”, continúa el autor, “lo mágico, lo sagrado, lo religioso quizá ha quedado un poco relegado en las sociedades modernas, que están más dominadas por el pensamiento científico y económico. En mi caso, yo no soy creyente ni creo en todo ese tipo de cuestiones, pero el pensamiento simbólico se mantiene, permanece y a mí me parece muy interesante”.
La perla y la esmeralda
Una de piedras que no podía faltar en este libro según el criterio de su autor era, sin duda, la perla que durante siglos fue la reina indiscutible del mundo del lujo y la joyería. Según nos cuenta Martínez, mucho más que el diamante, que tiene una historia mucho más reciente por cuestiones físicas y del tallado. “Durante miles de años la forma esférica de la perla, su blancura inmaculada, se asociaba a lo divino, a la perfección, incluso a la fecundidad”, apunta. De la perla se cuenta en El jardín vegetal la historia de la Perla Peregrina, durante siglos propiedad de los reyes de España, posteriormente fue comprada por Richard Burton para regalar a Elisabeth Taylor y hoy en día se encuentra en paradero desconocido tras ser subastada hace unos años.
Pero, sin duda, la que más fascina al autor es la esmeralda. “Tiene mucho que ver con el color, el verde, que hoy en día tiene asociaciones muy positivas: naturaleza o ecologismo, pero que no fue siempre así en el pasado”, asegura. “Durante siglos el verde se consideró el color de los reptiles, del veneno, de los dragones, de lo diabólico [cómo no recordar esos terroríficos reflejos verdes en Excálibur (1981) de John Boorman]. Esa ambigüedad me parece fascinante y empecé la escritura del libro por este mineral. Además me parece preciosa la manera en la que se denominan a las impurezas de las esmeraldas. Algo que es muy común, porque por su propia formación geológica hay muy pocas esmeraldas completamente limpias. A sus grietas e imperfecciones internas se les denomina ‘jardines’”.