Hay quien pretende vivir de la felicidad. Por eso se editan libros de autoayuda y se imprimen lemas en las tazas del desayuno cuando lo que quieres es acabar con el mundo. Pero la felicidad, o lo que signifique esa palabra, no es completa para nadie. Tampoco para este Barça líder del campeonato y ya con tres puntos de ventaja sobre el Real Madrid y siete sobre el Atlético. Qué más da que Pedri provoque un suspiro de emoción cada vez que convierte en realidad nuestros propios sueños con la pelota, que Balde se haya convencido de que le sobran condiciones para ser el carrilero más desequilibrante del continente o que Ferran Torres, ahora sí, sea el futbolista que el Barça creyó en su día haber birlado al Manchester City de Guardiola. Dani Olmo, frágil y maldito, se lesionó otra vez. Y Hansi Flick, desesperado porque ahora el curso se empina, no pudo más que llevarse una mano a la cara.
El Barça venció a Osasuna en el partido reprogramado por la muerte del doctor Miñarro. Un encuentro que venía condicionado porque ni uno ni otro querían jugar este jueves por el nulo descanso tras la jornada internacional, y que se resolvió por la vía rápida. No presentaron demasiada batalla los navarros –Budimir, su delantero referencial, sólo jugó la última media hora– en un partido que los azulgrana resolvieron en los primeros 20 minutos. Lo logró gracias al gol inaugural de Ferran Torres previo a un taconazo glorioso de De Jong y a una asistencia de Balde, y a un penalti que Olmo tuvo que tirar dos veces. Sergio Herrera hubiera estrangulado a Moncayola porque, al entrar en el área antes de tiempo y despejar el balón, le estropeó la parada que le había hecho al ex del Leipzig.
Pero Olmo, que había tenido la valentía de tirar el penalti dos veces después de que le arrollara el meta de Osasuna, no tuvo tiempo de degustar nada. Al rato se sentó en el césped y puso la cara de quien se rinde a la desgracia muscular que le acecha. Entró por él Fermín, pero en Montjuïc quedó la sensación de que la noche había acabado.
Las cosas que ocurren antes de que comiencen los partidos dan también para estar atento. Como esa pachorra con la que Szczesny amanece, como si la vida fuera muy deprisa a su alrededor y él muy despacio; como la intensidad con la que Iñigo Martínez calentó y afrontó después el partido después de haber sido baja con la selección española por una lesión fugaz; como lo supersticioso que es Balde, que evitó pasar por debajo del portón de Spotify y dio un par de pasos a la derecha, como si aquello fuera una escalera que hubiera que evitar antes de ponerse a correr como un demonio; o la defensa del club de los intereses de ese enigmático moldavo de apellido Birladeanu [el mandamás de las telecomunicaciones del futuro Camp Nou] poniendo un rato de reguetón y regalando entradas para ese concierto de Nicky Jam, Luis Fonsi y Arcángel que la empresa New Era organizó con la celeridad de quien engulle un paquete de pipas. El Barça es demasiado especial.
De Jong, de anticristo a capataz
Tanto que Frenkie de Jong, no hace tanto el anticristo, se ve ahora como el capataz de la garganta de un centro del campo donde cada vez quedan menos piezas. A Casadó se le acabó la temporada, y Flick, pese a tener a Eric García para todo –esta vez fue central junto a Iñigo– ya probó en el segundo acto a Gavi como mediocentro. No desentonó, pero la variante coincidió con el despertar de Osasuna en un segundo tiempo en el que al Barça parecía bastarle con que no hubiera más daños colaterales.
Sin Raphinha ni Araujo, a los que Flick no iba a exponer tras sus viajes transoceánicos, el técnico alemán tuvo que aplicar el bisturí en la gestión de esfuerzos. A Lewandowski, que marcó el 3-0 su 36º tanto de la temporada tras un tremendo centro de Fermín, le dio algo más de 20 minutos después de que Ferran Torres se llevara una merecida ovación. Y eso que el travesaño le arrebató uno de aquellos goles de falta que el Barça echa tanto de menos desde la marcha de Messi. De Jong, al que ahora habrá que mimar y dar sopita antes de dormir, fue sustituido por un incisivo Pablo Torre, que se ganó más oportunidades. Y Lamine Yamal hizo lo que hacen los genios de verdad, descansar regateando.
La hinchada, de lo más contenta, se puso a hacer la ola. Pero Flick sonrió de aquella manera.