Argentina pisoteó a Brasil. Goleó, sin tener a Leo Messi, por 4-1, pero el marcador podría haber sido aún más escandaloso. Hay un mundo entre esta versión empoderada de la Albiceleste y este Brasil sin alma, vulgar, sin patrón de juego, que va más allá de la conquista de un Mundial y dos ediciones consecutivas de la Copa América.
Ni las seis bajas brasileñas sirven de coartada, ni esconden la profundidad de una crisis de identidad expuesta en el Monumental en un partido de dimensión global. La Seleçao irá al Mundial, porque se clasifican seis selecciones de la Conmebol, pero a un año y tres meses del torneo norteamericano, no sabe aún a lo que juega.
Lionel Scaloni empezó imponiéndose ya desde el vestuario, cuando decidió sacrificar a un atacante para poblar el centro del campo con cuatro efectivos: Leandro Paredes, un mediocentro de mucho oficio que marcaba el tono físico, más el trío De Paul, McAllister y Enzo Fernández, que acabaron haciendo lo que les vino en gana, con su buen dominio técnico y su fuerza.
Dorival Júnior, a quien nadie quería en Brasil como seleccionador y para quien el cargo le viene muy grande, se suicidó. Antes de tomar el avión hacia Buenos Aires, telegrafió su once titular. Se equivocó en el planteamiento, en la lectura del superclásico y en la elección de sus efectivos. Su doble pivote de circunstancia (Bruno Guimarães estaba sancionado y Gerson, lesionado) formado por André y Joelinton, hizo aguas y siempre luchó en inferioridad. Allí se fraguó el naufragio, que no cogió por sorpresa a nadie en el gigante sudamericano. Los malos presagios se confirmaron.
La Albiceleste sentenció el superclásico con un inicio de encuentro impecable en el que bailó y toreó a los brasileños con suma facilidad, crueldad y regocijo. El Monumental ya cantaba ‘olé, olé’ en el minuto 7. Y, en las dos primeras llegadas al arco de Bento, la campeona del mundo aprovechó las indecisiones defensivas verdeamarelas para establecer un 2-0 demoledor con tantos de Julián Álvarez, a pase de Thiago Almada (min. 4), y Enzo Fernández (min. 12), culminando una buena jugada colectiva.
Mal colocada, dejando muchos espacios entre líneas, muy blanda atrás y con el trío ofensivo desconectado, la Seleçao fue un manojo de nervios, un equipo menor, desequilibrado, mal planteado, que nada producía y que hacía aguas en todos los sectores. Argentina, que es una de las selecciones más equilibradas y maduras del planeta, explotó con diligencia los espacios que le regalaron.
Hubo, por un momento, el espejismo de que había partido, cuando Cuti Romero cometió un error grosero, que Matheus Cunha, que ocupaba la plaza de ‘9’, aprovechó para recortar diferencias. Ni siquiera existió un conato de remontada.
La Scaloneta siguió a lo suyo y, antes del descanso, en una jugada colectiva en la que hasta siete argentinos tocaron el balón, llegó el 3-1, con Enzo Fernández dando un gran pase en profundidad para que McAllister finalizara ante el desconcierto defensivo canarinho.
El primer tiempo acabó con una tangana. Fueron a por Raphinha, quien pagó el error primario de haber calentado innecesariamente un partido que se jugaba en Buenos Aires y no en ninguna capital brasileña.
El blaugrana, que fue severamente marcado, estuvo desaparecido, como Rodrygo y Vinicius Jr., todos ellos víctimas del planteamiento de Dorival Júnior, quien insistió en el error. En el descanso, el técnico paulista hizo tres cambios, dando entrada a Endrick, Joao Gomes y Léo Ortiz, pero no cambió en absoluto el dibujo táctico.
Por eso, el segundo tiempo siguió teñido de albiceleste, que contemporizó el juego y acabó marcando el cuarto tanto con el ímpetu de Giovani Simeone, quien anotó en el primer balón que tocó saliendo del banquillo.
Argentina celebró de la mejor forma posible su clasificación matemática para el próximo Mundial, donde aspira a revalidar su cetro. Brasil está en el diván. Se le acaba el tiempo. Todo indica que ni Neymar Jr., por muy bien que pueda regresar, logrará arreglar este desastre.