Maryna Chernovolenko no ve a su padre desde hace más de dos años. Sabe que está vivo, y que pesa 65 kilos, es decir, 25 kilos por debajo de su peso habitual. Y poco más. Las escasas noticias que tiene de él, eso sí, no proceden de llamadas de teléfono o contactos de otro tipo. Son noticias que traen aquellos ucranianos que han compartido cautiverio con su progenitor y que han logrado ser incluidos en los programas de intercambio pactados por ambos bandos. Las recientes imágenes de reclusos ucranianos recién liberados, con cuerpos delgados y demacrados, y rostros y mejillas hundidas debido a los malos tratos y la escasa alimentación, han empujado a las autoridades de Kiev a lanzar una campaña mundial para concienciar a la comunidad internacional sobre la suerte que hayan podido correr los cautivos de guerra, tanto civiles como militares, y forzar a Rusia a cumplir con las obligaciones contenidas en las convenciones de Ginebra.

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